martes, 31 de julio de 2018

Huérfanos de Brooklyn. Jonathan Lethem



Lionel Esrogg es un huérfano de Brooklyn y uno de los cuatro Hombres de Minna. A la edad en la que un chaval debe estar en el instituto, Lionel se convierte en uno de los elegidos por la dirección del orfanato para ayudar a Frank Minna en mudanzas, traslados y operaciones varias que sirven de excusa para la actividad detectivesca ilegal que se desarrolla en una oficina de alquiler de coches. Los cuatro Hombres de Minna son sus vasallos al más puro estilo feudal: Tony es el lugarteniente, el más listo y también el más intrigante, Danny es un caballero errante porque nadie sabe muy bien qué hace y dónde está, Gilbert es servil y poco inteligente y Lionel es el bufón, el Engendro, el miembro deforme y grotesco de la corte de Minna pero el más Minna de todos los Hombres de Minna.

Lionel es el protagonista y el narrador de esta novela negra de Jonathan Lethem. Un personaje construido por el autor sobre los cimientos del Síndrome de Tourette, un trastorno neurológico que se caracteriza por la aparición de tics, movimientos o vocalizaciones involuntarias, rápidas y repentinas. Lionel y su cerebro touréttico cuentan lo que pasa y lo que sienten. Y lo que pasa es el asesinato de Frank Minna en una operación en la que Lionel tenía que haber controlado los movimientos de su jefe a través de un micrófono oculto. Y lo que siente Lionel es la culpa por haberle fallado, por haberle encontrado moribundo en un contenedor tras una persecución en un Lincoln por avenidas, puentes y callejuelas de Brooklyn.

Con el asesinato de Frank Minna se rompe el grupo, nadie se siente protegido y todos son conspiradores y sospechosos sin saber muy bien por qué. Hay abiertas dos líneas de investigación: la de Tony que, como heredero jerárquico de Minna intenta controlar la operación y la de Lionel que tiene su propia línea de estudio guiada por los síntomas de su enfermedad, por la necesidad patológica experimentar, procesar, tocar, hablar.


«Las conspiraciones son una versión del Síndrome de Tourette, establecer y seguir conexiones inesperadas es un tipo de susceptibilidad, una expresión del deseo de tocar el mundo, de besarlo todo con teorías, de acercarlo. Como el Tourette, en última instancia, todas las conspiraciones son solipsistas»



El síndrome de Tourette, aquellos tics de Amadeus, son la herramienta de Lethem para desplegar algunos pasajes de impresionante pirotécnica verbal que, en este caso, hay que reconocer y agradecer al traductor de la obra que ha plasmado en la edición en español los «taconeos, silbidos, chasquidos de lengua, guiños, giros rápidos de cabeza, caricias de pared…» que caracterizan a este trastorno neurológico de origen desconocido. Una de las llamadas enfermedades raras. Es lo que más me ha gustado del libro, porque con cada pasaje, cita o diálogo de Lionel, con su fuerte componente touréttico, me venía a la cabeza la labor no siempre valorada de los traductores literarios.




«¡Pieroginaranjitasushifono! ¡Fantasmamalvaviscogramofono! ¡Insaciable antropófago! ¡Pierifono teleroshi!- La oleada de palabras llegó con tal fuerza que retorcí el cuello y casi las ladré» 



Huérfanos de Brooklyn es una novela de detectives cutres con vidas cutres, en la que suena la banda sonora de Prince y los bip bip de buscas y móviles de finales de los años 90. Los detectives de Minna están a medio camino entre Marlowe, Mike Hammer y el sugrañismo de Eduardo Mendoza. Por el escenario, entre Brooklyn, Manhattan y Maine, pasan rubias teñidas, malos malísimos y policías corruptos que se meten en líos en restaurantes japoneses, zendos, oficinas de tapado y haciendo guardia en coches aparcados en la calle. El final desconcierta, me sabe a poco, pero me quedo con el relato de Lethem sobre la enfermedad como protagonista y sobre la carga metafórica de los tics y enredos lingüísticos de Lionel.



«El síndrome de Tourette te enseña lo que la gente ignora y olvida, te enseña el mecanismo de tejido de la realidad que la gente emplea para esconder lo intolerable, incongruente y perturbador; te lo enseña porque tú eres el que interpone en sus caminos lo intolerable, incongruente y perturbador» 


Huérfanos de Brooklyn. Jonathan Lethem. Traducción de Cruz Rodríguez Juiz. Literatura Random House. España, 2015. 340 páginas

miércoles, 16 de mayo de 2018

‘Papá Piernaslargas’. Jean Webster



Jerusha Abbot es la huérfana de más edad del Hogar Infantil John Grier. Se llama así porque la directora del centro utilizó la Biblia y la guía telefónica para bautizarla. Ella prefiere que la llamen Judy. Ha pasado toda su miserable pero digna vida en el orfanato y sigue allí en tiempo de descuento porque ya tiene diecisiete años. Como desamparada de mayor edad, sus expectativas vitales y profesionales se reducen a cuidar de los más pequeños, planchar y remendar ropa, sonar narices y ayudar en la cocina.

Un buen día, o mejor dicho, un «Miércoles negro» su vida cambia. El primer miércoles de cada mes es el día dedicado a la visita de los patronos del Hogar Infantil John Grier. Todos los niños alimonados, perfumados y formales, listos para ser sometidos a revista por los filántropos mantenedores del hospicio.

Ese «Miércoles negro» será el último de Judy en la inclusa, porque un misterioso mecenas de visita, tras revisar su excelente expediente académico y su situación personal con la directora del centro, decide hacerse cargo del futuro de la huérfana Abbot: la envía a la universidad y se compromete a pagarle los estudios y la manutención durante cuatro años para que se convierta en escritora. A cambio, Papá Piernaslargas Smith, alias y nombre en clave de este bienhechor, solo pide una cosa: «Una carta en la que le cuentes cómo van tus estudios, y tu vida diaria. En resumen, la carta que les escribirías a tus padres si vivieran».

«Fergussen Hall, 215. 24 de septiembre
Estimado amable señor patrono que envía a las huérfanas a la universidad…»


Así empieza la acción en un libro maravilloso, tierno, desternillante, en el que conocemos la intensa vida académica y social de una joven expósita universitaria norteamericana de principios del siglo XX. Una huérfana parida — literariamente hablando — por Jean Webster, otra universitaria — en este caso de finales del XIX — , escritora, sobrina nieta de Mark Twain, activista social y sufragista.


Sorprende en esta novela epistolar la modernidad de las afirmaciones y reflexiones de una chica centenaria. Judy Abbot disfruta aprendiendo, se deja el alma estudiando por las noches y escribiendo trabajos, cuentos, proyectos de novelas y una cantidad colosal de cartas que le envía a Papá Piernaslargas. Judy se esfuerza mucho y también sueña y disfruta y ríe y está enormemente agradecida a la vida y a la oportunidad que ha recibido. Es irónica, responsable, independiente, tierna, poco convencional, honesta, consciente, valiente, culta, despierta y crítica.

«Este curso he elegido economía entre las optativas: es una asignatura de lo más esclarecedora. Cuando acabe con ella, me matricularé en caridad y reformas y luego, señor patrono, sabré bien cómo se debería dirigir un orfanato. ¿No cree usted que si yo tuviera mis derechos sería una votante muy capaz? La semana pasada cumplí veintiún años. Este país demuestra muy poco sentido al no sacarle partido a una ciudadana tan honrada, culta, industriosa e inteligente como podría serlo yo»


Judy conoce mundo gracias al patrocinio de Mr. Smith, presumiblemente, aquel señor elegante y espigado al que vio cerca del despacho de la directora el día de visita de los patronos al Hogar y al que decidió llamar Papá Piernaslargas por su parecido con un tipo de araña común. Y todo se lo cuenta a él a través de cartas que nunca tienen contestación. Una circunstancia que enoja a la entrañable Jeruscha y que enreda el argumento y las teorías de la huérfana sobre la identidad, personalidad e intenciones de su benefactor.


No. Este Papá Piernaslargas no es el de la película. La única coincidencia entre ambas versiones tiene que ver con la longitud de las extremidades inferiores de Fred Astaire y las del «amable señor patrono que envía a las huérfanas a la universidad». Como casi siempre, el libro es mucho mejor.



Papá Piernaslargas. Traducción de María Sierra. Turner Libros. España, 2015. 204 páginas. 

lunes, 30 de abril de 2018

Leer en el metro

El chico del polo naranja y el reloj verde lee El camino de Kerouac.

La chica de los auriculares enormes escucha música mientras lee unos apuntes sobre el materialismo histórico.

Otra chica mueve los labios mientras lee la Constitución Española. Tiene el pelo muy rubio y lleva un vestido verde anís.

Una señora lee un libro que tendrá por lo menos 800 páginas. No puedo saber qué lee porque las tapas están forradas con papel de periódico.

Sí puedo saber qué lee un chico muy alto que tengo delante. Vamos de pie. Me asomo por su hombro y me cuesta un segundo averiguar el título de ese libro impreso en tinta verde y granate. Inconfundible.


Hay más personas en el metro que, como la señora del libro forrado, impiden satisfacer mi curiosidad por saber qué libro están leyendo. Son los que leen libros electrónicos y los que forran los libros con papel o con fundas. Siempre fisgoneo para ver si puedo ver qué leen.

Leer en el metro, dentro de un vagón, con el tren en marcha, te obliga a desarrollar ciertas destrezas físicas. Leer de pie, mientras resistes arranques y frenazos rodeando una barra vertical con el mismo brazo de la mano con que sostienes el libro. Es necesario dejar  un brazo libre para mantener el equilibro, prevenir caídas y pasar páginas. Si el tren está tan lleno que no puedes acceder al barrote vertical, es deseable que la genética te haya dotado de una longitud de brazo suficiente para alcanzar las barras horizontales superiores del vagón. Se recomienda cogerse del barrote con la mano contraria a la de uso habitual, sujetar el libro con la susodicha, apretar el bolso contra el torso, sostener el marca páginas entre los dientes y que sea lo que tenga que ser. Aprovecha las paradas o la estabilidad de la marcha para pasar la página. Esto nunca debe hacerse cuando el conductor arranca y mucho menos cuando frena y para en una estación.

En el caso de haber tenido la suerte de sentarte en un asiento, desarrollarás otro tipo de habilidades mientras lees. Algunas de ellas no son precisamente  de alabar, porque te encontrarás cediendo el asiento, únicamente y a regañadientes, a ancianos con bastón y embarazadas a punto de salir de cuentas.  Un episodio típico de lectura en el metro es el despiste de parada. Dicen que pasa. No puedo corroborarlo. Tengo medido el tiempo y la velocidad de lectura: Ángel Guimerà-Colón, dos paradas, máximo tres páginas.

El colmo de los colmos de aprovechar los viajes en metro para leer no lo encontramos dentro del tren. Es fuera, en andenes y escaleras mecánicas, donde se sublima esta práctica hasta niveles que están más cerca de virguería -o del sonambulismo- que de la simple afición lectora. Leer andando por un apeadero entre decenas de usuarios del transporte público a las 8:50 de la mañana o leer subiendo o bajando por esas escaleras sin sufrir un atrapamiento o un trompazo, son auténticas hazañas que la edad y la torpeza me impiden alcanzar.

martes, 2 de mayo de 2017

11 cosas que te quiero decir


  1. Tú no lo sabes, pero te van a pasar cosas que no entenderás y vas a sentir cosas que no sabrás cómo se llaman. He pasado por ahí. Pregúntame.
  2. Me gusta que te gusten mis cosas y, sobre todo, me encanta que te gusten mi música y mis películas. Tu música y tus series también están bien porque son tuyas, son de tu tiempo. Pero mi tarea educadora también consiste en instruirte en el buen gusto y guardarte de bazofias peligrosas, así que me da igual lo que escuchen otros. Se llama censura parental.
  3. Vamos a seguir discutiendo por esos pantalones que a mí me parecen demasiado apretados y a ti no. Esto no ha hecho más que empezar.
  4. En ocasiones, todos estaremos equivocados. Tendrás que acostumbrarte.
  5. Haz deporte.
  6. Acaba lo que empieces.
  7. No tengas miedo.
  8. No te sirvo de ejemplo para los puntos 5, 6 y 7.
  9. ’No es no’ y ‘porque yo lo digo’ sí son respuestas válidas.
  10. Si un día no estoy, échame de menos, recuérdame, piensa en mí, pero no lo hagas a todas horas. Resérvame sólo un rato. Por ejemplo, el que dedicamos cada noche a ese beso largo y apretado cuando te apago la luz antes de dormir.
  11. Si un día tienes una hija, cuando cumpla 11 años, quizás, quién sabe, querrás decirle 11 cosas sólo a ella. Guarda una línea para decirle la más importante: te quiero mucho. 

martes, 31 de enero de 2017

La ley del menor. Ian McEwan

Fiona Maye es juez de familia del Tribunal Superior del Reino Unido. Los últimos años de su exitosa carrera profesional son una lista interminable de casos de divorcios traumáticos, disputas sobre la educación de los hijos, dilemas éticos, médicos y religiosos y situaciones extremas de frágil equilibrio entre lo razonable y lo legal. Fiona se sienta en una chaislongue cada noche para repasar documentación y redactar sentencias contundentes con una redacción exquisita. Su señoría lleva más de treinta años casada con Jack, un profesor de historia a las puertas de los sesenta, que le hace llegar sus intenciones de gastar el «último cartucho» manteniendo una relación con Melanie, una joven especialista en estadística de veintiocho años. En casa del herrero, Fiona se enfrenta a su primer debate en esta novela de Ian McEwan, a una situación similar a la de los protagonistas de los casos que pasan por su tribunal, a cambiar la cerradura de casa para que Jack no pueda entrar, condenada a la «intrascendencia especial que envuelve a una mujer de edad», sin hijos, con una carrera brillante y un marido que la acusa de abandono sentimental y sexual.

«Y se preguntó de nuevo, si lo que había perdido no era el amor, sino más bien una forma moderna de respetabilidad, si lo que tenía no era el desprecio y el ostracismo, como en las novelas de Flaubert y Tolstoi sobre la compasión. Ser objeto de la compasión general era también una forma de muerte social. El siglo XIX estaba más cerca de lo que pensaban la mayoría de las mujeres. Podría haber telefoneado a alguna de sus tres amigas, pero le pareció intolerable la idea de explicar su situación y hacerla irreversiblemente real».


Es solo uno de los debates a los que se enfrenta Fiona. Paralelamente a su debacle matrimonial, la juez Maye debe ver el caso de Adam, un adolescente, testigo de Jehová al que, tres meses antes de alcanzar la mayoría de edad legal, le detectan una leucemia. El joven asume su destino negándose a recibir la transfusión de sangre que le puede salvar la vida. Es un caso médico, jurídico y moral. Ella está acostumbrada a la convivencia complicada entre la libertad individual y la legalidad, en este caso, sobre la defensa de la vida. Ya ha juzgado el caso de unos padres ultracatólicos que no querían separar a sus hijas siamesas ante la certeza de que una de las dos moriría en la operación. O el de un padre judío jaredí que solicita que la juez retire la custodia de sus hijas a la madre que ha decidido estudiar y trabajar.


Pero el caso de Adam supera a Fiona. Una visita al hospital, una larga conversación sobre música y poesía con el «muchacho más dulce del mundo», muy maduro para su edad, muy consciente para formar parte de un entorno tan cerrado y fundamentalista. Fiona, que tiene «un concepto rígido de lo convencionalmente correcto», asume el caso de Adam como algo íntimo, demasiado personal. Su sentencia es fría, pero las consecuencias son casi tan devastadoras como las que provoca la situación con su marido.


«No ha sido fácil resolver este asunto. He tenido muy presente la edad de A, el respeto que debemos a su fe y la dignidad del individuo que reclama su derecho a rechazar un tratamiento. A mi juicio, su vida es más preciosa que su dignidad». 

Ian McEwan nos habla de una mujer brillante ante dos situaciones límite, y lo hace bien. Cuando escribe sobre su vida personal, su mal trago matrimonial, los sentimientos de una mujer madura. Los casos médicos están muy bien documentados y el relato final de un concierto es tan técnico y emocionante como una partitura y su interpretación. No es, para mí, lo mejor de Ian McEwan, no es El inocente ni es Expiación, pero me gusta Fiona. Es lo que más me gusta de La ley del menor.

La ley del menor es un libro triste. Supongo que los tribunales de menores son lugares tristes. Lugares en los que, muchas veces, los padres se enfrentan ante sus hijos en una «pelea por sus almas». Detrás puede estar el desamor, el dinero o la fe, en un terreno en el que a Fiona no le compete «salvar, sino decidir lo que es razonable y legal».



La ley del menor. Ian McEwan. Traducción de Jaime Zulaika. Anagrama. Barcelona, 2015. 211 páginas. 

lunes, 28 de noviembre de 2016

Me acuerdo (2)

'Me acuerdo' es un libro de Joe Brainard (1942-1992). El artista y escritor norteamericano repasa su infancia, adolescencia y juventud a lo largo de 150 páginas con este mismo formato. Cada párrafo, cada recuerdo empieza con un 'me acuerdo'. Retrata la América de los 50 y los 60 hablando de su familia, de la escuela, los amigos, sentimientos y momentos.



Me acuerdo de editar los sumarios del programa y dejar todo a punto para la grabación del viernes. Como cada jueves, pero más tarde que todos los jueves. Me acuerdo de revisar textos, entradillas y de quedarme en blanco en el cajón del comiat.

Me acuerdo de recoger los trastos y caminar por los pasillos vacíos pensando 'no será hoy', en un intento pueril de desear muy fuerte algo que quieres que pase.

Me acuerdo de subir al coche. Las 23:30. Encender la radio. Apagar la radio, poner un CD y conducir hacia casa escuchando a Simon y Garfunkel.

Me acuerdo de entrar en casa, de enterarme de que habían cortado la emisión en la radio. Poner la tele, enviar y recibir whatsapps y llamadas. Pedir y buscar números de teléfono de muchas personas para llamar en directo durante el programa especial.

Me acuerdo de decidir volver a la tele, de cambiarme de ropa, de zapatos y abrigarme.

Me acuerdo de que Marta se despertó y me preguntó si ya habían cerrado la tele. “¿Por qué estás vestida, mamá? ¿Porque ahora sí que tenéis que ir a soltar cocodrilos en la piscina de la tele para que no entren los malos?”

Me acuerdo de decirle que se volviera a dormir, que no habían cerrado la tele.

Me acuerdo de volver a subir al coche, de volver a recorrer los mismos 9 km, los mismos 18 minutos de los últimos 17 años, de conducir en silencio, de darme cuenta de que iba detrás del coche de Fran. Me acuerdo de aparcar juntos en el descampado, de sentarme a su lado en el asiento del acompañante mientras le entrevistaban por teléfono. Me acuerdo de caminar juntos hacia la puerta del parking y sentirme bien.

Me acuerdo de que hacía mucho frío, de esperar un buen rato en la puerta principal, de entrar en el recinto, de llegar a la puerta de cristal entre gritos y carreras. Me acuerdo de sentir por primera vez una sensación de irrealidad y de absurdidad, que se repetiría varias veces.

Me acuerdo de recibir un email y leer en mi móvil la notificación del permiso retribuido. Pasadas las 3 de la madrugada.

Me acuerdo de entrar en el edificio, de subir a la redacción, de ver una vela roja sobre una cajonera metálica negra y de sentarme en mi silla; de encender el ordenador -MD1185- y abrir una escaleta. Todo sin saber muy bien para qué. Me acuerdo de un calendario con citas interrumpidas marcadas en rosa y en amarillo.

Me acuerdo de palabras: desalojo, orden judicial, comisario.

Me acuerdo de voces roncas y metálicas, de micrófonos y megáfonos. De más carreras con meta en un pasillo estrecho: delante, control central, a los lados, tres puertas azules.

Me acuerdo de mirar a personas a las que nunca había visto en 17 años.

Me acuerdo de ver amanecer, de sentir calor y picor en los ojos. De tener la boca seca, de tener hambre y recorrer dos pisos para comprar saladitos y agua.

Me acuerdo de mirar el reloj. 12:00. Me acuerdo de tener migraña y salir de la tele sin despedirme de nadie. Me acuerdo de que me abrieron la verja blanca, busqué a mis padres y me encontré con tres diputados que me abrazaron. Me acuerdo de contestar las preguntas de una periodista, de recibir una llamada de Marta de Onda Murcia y de que no me quedaba batería en el móvil.

Me acuerdo de esperar al sol a que salieran todos, a que se acabara todo.

Me acuerdo de pensar que no debía olvidar aquella noche. Me acuerdo subir al coche aparcado en el descampado vacío y embarrado, de que aún estaba el coche de Fran. Me acuerdo de conducir hacia casa, 9 km, 17 minutos, de repasar todo lo que había pasado, lo que había hecho y lo que no había hecho.

Me acuerdo de volver a llorar.



El 29 de noviembre de 2013, a las 12:19 horas, el gobierno valenciano ejecutó el cierre de RTVV.
Me acuerdo (1)



domingo, 23 de octubre de 2016

Besos, selfies y los últimos sin Internet



Dentro de unos años, pongamos unos veinte, los de mi quinta protagonizaremos un hito relevante relacionado con Internet. No, millennials, no. En esta ocasión, no seréis vosotros.  Seremos los nacidos antes de 1985, los últimos en recordar cómo era la vida sin Internet. Nacimos y crecimos en un mundo diferente al de nuestros padres y abuelos y distinto al que tendrán los hijos de esta generación. Y lo que te rondaré. No es mi intención ponerme nostálgica por la cándida adolescencia, por el vhs, los walkman y las tardes de bocadillos de nocilla. Tampoco voy a ponerme digna contando cómo era hablar con tus amigas o con tu novio por teléfono, cuando ese teléfono estaba fijo en el salón o en la cocina de tu casa.  Seremos los últimos en recordar todo eso y mucho más: los últimos en saber que solo llevaba tilde cuando se puede sustituir por solamente, los últimos en buscar palabras y definiciones en un diccionario (Internet anulará algún día la capacidad de pensar en orden alfabético. Al tiempo) y los últimos en saber realmente qué es la ausencia. Los últimos en saber, de verdad, qué es no estar.

Michael Harris es el autor del libro The end of absence. Es un periodista canadiense que trabajaba como editor en una revista. Cuenta que pasaba horas conectado a todas las pantallas habidas y por haber, enganchado a llamadas, correos, whastapps, redes sociales, contenidos buscados o recomendados, clics, menciones, me gusta y toda la variedad de interacciones 2.0 que uno pueda imaginar. Harto de todo, decidió hacer un experimento de ayuno digital cuyas conclusiones ha plasmado en este libro y en las que reclama todo lo que hemos perdido en un mundo de conexión pertinaz. La pérdida más irreparable es la ausencia. Algo así como la naturalidad ante una respuesta telefónica en vías de extinción:

- ¿Hola, está María?
- No, no está. Vuelve a llamar.

En esta reflexión de cuarentona cascarrabias, destaco el hecho de que ni los milénicos,  ni las dos criaturas que traje al mundo, serán capaces de imaginar, de valorar, la diferencia entre un mundo con momentos de nada, de ausencia y otro de conexión permanente. No sabrán qué es no estar.

Y el ejemplo que más me inquieta, el que más me descoloca, el que mejor describe el desconocimiento absoluto de la ausencia, es el de una pareja besándose e inmortalilzando ese momento con un selfie compartido en las redes sociales. Jamás me he hecho un selfie, me parece lo más distópico de la vida digital, lo más solitario y, en mi caso, lo menos favorecedor estéticamente. Quedo fatal en los selfies. Dice Susan Sontag en Sobre la fotografía que 'las fotografías alteran y amplían nuestras nociones de lo que merece la pena mirar y de lo que tenemos derecho a observar'. Un beso autorretratado, el artificio de un brazo estirado para enfocar, la fingida naturalidad en un gesto bello e íntimo, altera la noción de la importancia de un beso. Un beso, 'un acento invisible sobre el verbo amar, un secreto que confunde la boca con las orejas, un instante infinito', como diría Cyrano de Bergerac. Un instante infinito de ausencia y de nada y de todo. Un momento para no estar.

Así que, por justicia poética, por no sufrir la apnea del correo electrónico, por la añoranza de la vida antes de Google o por evitar consultas al traumatólogo por dolores del codo del selfie, aquí va un brindis por la ausencia.

Foto Flickr.