lunes, 28 de noviembre de 2016

Me acuerdo (2)

'Me acuerdo' es un libro de Joe Brainard (1942-1992). El artista y escritor norteamericano repasa su infancia, adolescencia y juventud a lo largo de 150 páginas con este mismo formato. Cada párrafo, cada recuerdo empieza con un 'me acuerdo'. Retrata la América de los 50 y los 60 hablando de su familia, de la escuela, los amigos, sentimientos y momentos.



Me acuerdo de editar los sumarios del programa y dejar todo a punto para la grabación del viernes. Como cada jueves, pero más tarde que todos los jueves. Me acuerdo de revisar textos, entradillas y de quedarme en blanco en el cajón del comiat.

Me acuerdo de recoger los trastos y caminar por los pasillos vacíos pensando 'no será hoy', en un intento pueril de desear muy fuerte algo que quieres que pase.

Me acuerdo de subir al coche. Las 23:30. Encender la radio. Apagar la radio, poner un CD y conducir hacia casa escuchando a Simon y Garfunkel.

Me acuerdo de entrar en casa, de enterarme de que habían cortado la emisión en la radio. Poner la tele, enviar y recibir whatsapps y llamadas. Pedir y buscar números de teléfono de muchas personas para llamar en directo durante el programa especial.

Me acuerdo de decidir volver a la tele, de cambiarme de ropa, de zapatos y abrigarme.

Me acuerdo de que Marta se despertó y me preguntó si ya habían cerrado la tele. “¿Por qué estás vestida, mamá? ¿Porque ahora sí que tenéis que ir a soltar cocodrilos en la piscina de la tele para que no entren los malos?”

Me acuerdo de decirle que se volviera a dormir, que no habían cerrado la tele.

Me acuerdo de volver a subir al coche, de volver a recorrer los mismos 9 km, los mismos 18 minutos de los últimos 17 años, de conducir en silencio, de darme cuenta de que iba detrás del coche de Fran. Me acuerdo de aparcar juntos en el descampado, de sentarme a su lado en el asiento del acompañante mientras le entrevistaban por teléfono. Me acuerdo de caminar juntos hacia la puerta del parking y sentirme bien.

Me acuerdo de que hacía mucho frío, de esperar un buen rato en la puerta principal, de entrar en el recinto, de llegar a la puerta de cristal entre gritos y carreras. Me acuerdo de sentir por primera vez una sensación de irrealidad y de absurdidad, que se repetiría varias veces.

Me acuerdo de recibir un email y leer en mi móvil la notificación del permiso retribuido. Pasadas las 3 de la madrugada.

Me acuerdo de entrar en el edificio, de subir a la redacción, de ver una vela roja sobre una cajonera metálica negra y de sentarme en mi silla; de encender el ordenador -MD1185- y abrir una escaleta. Todo sin saber muy bien para qué. Me acuerdo de un calendario con citas interrumpidas marcadas en rosa y en amarillo.

Me acuerdo de palabras: desalojo, orden judicial, comisario.

Me acuerdo de voces roncas y metálicas, de micrófonos y megáfonos. De más carreras con meta en un pasillo estrecho: delante, control central, a los lados, tres puertas azules.

Me acuerdo de mirar a personas a las que nunca había visto en 17 años.

Me acuerdo de ver amanecer, de sentir calor y picor en los ojos. De tener la boca seca, de tener hambre y recorrer dos pisos para comprar saladitos y agua.

Me acuerdo de mirar el reloj. 12:00. Me acuerdo de tener migraña y salir de la tele sin despedirme de nadie. Me acuerdo de que me abrieron la verja blanca, busqué a mis padres y me encontré con tres diputados que me abrazaron. Me acuerdo de contestar las preguntas de una periodista, de recibir una llamada de Marta de Onda Murcia y de que no me quedaba batería en el móvil.

Me acuerdo de esperar al sol a que salieran todos, a que se acabara todo.

Me acuerdo de pensar que no debía olvidar aquella noche. Me acuerdo subir al coche aparcado en el descampado vacío y embarrado, de que aún estaba el coche de Fran. Me acuerdo de conducir hacia casa, 9 km, 17 minutos, de repasar todo lo que había pasado, lo que había hecho y lo que no había hecho.

Me acuerdo de volver a llorar.



El 29 de noviembre de 2013, a las 12:19 horas, el gobierno valenciano ejecutó el cierre de RTVV.
Me acuerdo (1)



domingo, 23 de octubre de 2016

Besos, selfies y los últimos sin Internet



Dentro de unos años, pongamos unos veinte, los de mi quinta protagonizaremos un hito relevante relacionado con Internet. No, millennials, no. En esta ocasión, no seréis vosotros.  Seremos los nacidos antes de 1985, los últimos en recordar cómo era la vida sin Internet. Nacimos y crecimos en un mundo diferente al de nuestros padres y abuelos y distinto al que tendrán los hijos de esta generación. Y lo que te rondaré. No es mi intención ponerme nostálgica por la cándida adolescencia, por el vhs, los walkman y las tardes de bocadillos de nocilla. Tampoco voy a ponerme digna contando cómo era hablar con tus amigas o con tu novio por teléfono, cuando ese teléfono estaba fijo en el salón o en la cocina de tu casa.  Seremos los últimos en recordar todo eso y mucho más: los últimos en saber que solo llevaba tilde cuando se puede sustituir por solamente, los últimos en buscar palabras y definiciones en un diccionario (Internet anulará algún día la capacidad de pensar en orden alfabético. Al tiempo) y los últimos en saber realmente qué es la ausencia. Los últimos en saber, de verdad, qué es no estar.

Michael Harris es el autor del libro The end of absence. Es un periodista canadiense que trabajaba como editor en una revista. Cuenta que pasaba horas conectado a todas las pantallas habidas y por haber, enganchado a llamadas, correos, whastapps, redes sociales, contenidos buscados o recomendados, clics, menciones, me gusta y toda la variedad de interacciones 2.0 que uno pueda imaginar. Harto de todo, decidió hacer un experimento de ayuno digital cuyas conclusiones ha plasmado en este libro y en las que reclama todo lo que hemos perdido en un mundo de conexión pertinaz. La pérdida más irreparable es la ausencia. Algo así como la naturalidad ante una respuesta telefónica en vías de extinción:

- ¿Hola, está María?
- No, no está. Vuelve a llamar.

En esta reflexión de cuarentona cascarrabias, destaco el hecho de que ni los milénicos,  ni las dos criaturas que traje al mundo, serán capaces de imaginar, de valorar, la diferencia entre un mundo con momentos de nada, de ausencia y otro de conexión permanente. No sabrán qué es no estar.

Y el ejemplo que más me inquieta, el que más me descoloca, el que mejor describe el desconocimiento absoluto de la ausencia, es el de una pareja besándose e inmortalilzando ese momento con un selfie compartido en las redes sociales. Jamás me he hecho un selfie, me parece lo más distópico de la vida digital, lo más solitario y, en mi caso, lo menos favorecedor estéticamente. Quedo fatal en los selfies. Dice Susan Sontag en Sobre la fotografía que 'las fotografías alteran y amplían nuestras nociones de lo que merece la pena mirar y de lo que tenemos derecho a observar'. Un beso autorretratado, el artificio de un brazo estirado para enfocar, la fingida naturalidad en un gesto bello e íntimo, altera la noción de la importancia de un beso. Un beso, 'un acento invisible sobre el verbo amar, un secreto que confunde la boca con las orejas, un instante infinito', como diría Cyrano de Bergerac. Un instante infinito de ausencia y de nada y de todo. Un momento para no estar.

Así que, por justicia poética, por no sufrir la apnea del correo electrónico, por la añoranza de la vida antes de Google o por evitar consultas al traumatólogo por dolores del codo del selfie, aquí va un brindis por la ausencia.

Foto Flickr.

jueves, 22 de septiembre de 2016

Leer en el metro

El chico del polo naranja y el reloj verde lee El camino de Kerouac.

La chica de los auriculares enormes escucha música mientras lee unos apuntes sobre el materialismo histórico.

Otra chica mueve los labios mientras lee la Constitución Española. Tiene el pelo muy rubio y lleva un vestido verde anís.

Una señora lee un libro que tendrá por lo menos 800 páginas. No puedo saber qué lee porque las tapas están forradas con papel de periódico.

Sí puedo saber qué lee un chico muy alto que tengo delante. Vamos de pie. Me asomo por su hombro y me cuesta un segundo averiguar el título de ese libro impreso en tinta verde y granate. Inconfundible.


Hay más personas en el metro que, como la señora del libro forrado, impiden satisfacer mi curiosidad por saber qué libro están leyendo. Son los que leen libros electrónicos y los que forran los libros con papel o con fundas. Siempre fisgoneo para ver si puedo ver qué leen.

Leer en el metro, dentro de un vagón, con el tren en marcha, te obliga a desarrollar ciertas destrezas físicas. Leer de pie, mientras resistes arranques y frenazos rodeando una barra vertical con el mismo brazo de la mano con que sostienes el libro. Es necesario dejar  un brazo libre para mantener el equilibro, prevenir caídas y pasar páginas. Si el tren está tan lleno que no puedes acceder al barrote vertical, es deseable que la genética te haya dotado de una longitud de brazo suficiente para alcanzar las barras horizontales superiores del vagón. Se recomienda cogerse del barrote con la mano contraria a la de uso habitual, sujetar el libro con la susodicha, apretar el bolso contra el torso, sostener el marca páginas entre los dientes y que sea lo que tenga que ser. Aprovecha las paradas o la estabilidad de la marcha para pasar la página. Esto nunca debe hacerse cuando el conductor arranca y mucho menos cuando frena y para en una estación.

En el caso de haber tenido la suerte de sentarte en un asiento, desarrollarás otro tipo de habilidades mientras lees. Algunas de ellas no son precisamente  de alabar, porque te encontrarás cediendo el asiento, únicamente y a regañadientes, a ancianos con bastón y embarazadas a punto de salir de cuentas.  Un episodio típico de lectura en el metro es el despiste de parada. Dicen que pasa. No puedo corroborarlo. Tengo medido el tiempo y la velocidad de lectura: Ángel Guimerà-Colón, dos paradas, máximo tres páginas.

El colmo de los colmos de aprovechar los viajes en metro para leer no lo encontramos dentro del tren. Es fuera, en andenes y escaleras mecánicas, donde se sublima esta práctica hasta niveles que están más cerca de virguería -o del sonambulismo- que de la simple afición lectora. Leer andando por un apeadero entre decenas de usuarios del transporte público a las 8:50 de la mañana o leer subiendo o bajando por esas escaleras sin sufrir un atrapamiento o un trompazo, son auténticas hazañas que la edad y la torpeza me impiden alcanzar.

martes, 13 de septiembre de 2016

Sobre el amor propio y el paro


Nunca me ha interesado el amor propio. Lo tenía asociado al orgullo, a la arrogancia, a la egolatría, a profesar un afecto excesivo por un mismo, a gustarse y exhibirse, a vivir instalado en el yo y en la desmesura de lo propio, de los éxitos reales o imaginarios, de la imagen auténtica o proyectada. Harta de oír el clásico 'es que no te valoras', acabé creyendo que no tenía amor propio. El amor propio era para coaches y para líderes de la 'nueva política'. Una insolencia.

Antes de leer a Joan Didion pensaba que el amor propio era otra cosa. Leí el artículo 'Sobre el amor propio' publicado en Los que sueñan el sueño dorado cuando estaba en el paro, lo he releído muchas veces ahora que tengo cerca a tantas personas en el paro y sigo entendiendo el amor propio como otra cosa. El amor propio es algo íntimo, silencioso, caliente y familiar. También es doloroso y despiadado. El amor propio es Bocazas recuperando su moneda en Los Goonies, la suya, la de nadie más, la que lanzó al pozo de los deseos y jamás le fue devuelta en forma de sueño cumplido.


 ...la inocencia se termina cuando a uno le roban la ilusión de que se cae bien a sí mismo.

Hay muchos caminos que llevan al paro, muchas maneras de vivir esta circunstancia, pero la que conozco genera esta sensación. La pérdida de la inocencia o de la inconsciencia, la sensación de haber sido empujado de un tren en marcha, caer rodando por una ladera, como en las películas, y levantarse aturdido, haraposo y perplejo. Una mezcla de desconcierto y decepción que abre la puerta a una realidad incómoda: no vas a volver a subir al vagón del que te echó un ERE o el final de un contrato.

Perdí la convicción de que todos los semáforos se me iban a poner en verde, esa agradable certidumbre de que las virtudes más bien pasivas que me habían granjeado la aprobación general durante mi infancia no sólo me garantizaban de forma automática las llaves de Phi Beta Kappa, sino también la felicidad, el honor y el amor de un hombre bueno; perdí cierta fe conmovedora en el poder totémico de las buenas maneras, del pelo limpio y de mis elevada puntuaciones en la escala Stanford-Binet de inteligencia.

Joan Didion llega a esta conclusión tras ser rechazado su ingreso en una hermandad universitaria. Ella, que siempre había destacado, que siempre había sacado buenas notas, que hasta ese momento se había deslizado fácilmente por la vida sin contratiempos ni obstáculos dignos de mención, recibía un varapalo. La prueba de que la suerte se acaba y de que nada está escrito, la evidencia de que lo que parecía eterno era sólo una tendencia. De nada ha servido todo lo que pensabas que hacías bien y ronda por tu cabeza una sombra de culpa: ¿quizás hice algo mal? ¿Qué pasó para que cambiaran las agujas hacía una vía inesperada? ¿Y si hubiera estudiado otra cosa? Al principio sabes que la culpa no es tuya, que es de la reforma laboral, de la burbuja inmobiliaria o del delirio de un político mediocre. Pero pasan los meses, los 'Dardes' y las candidaturas rechazadas en portales de empleo, y el significado de amor propio admite acepciones y sinónimos que no se parecen en nada a las de tu diccionario de antes del paro.

A pesar de la mayoría de nuestro lugares comunes, el autoengaño sigue siendo el engaño más difícil de vencer. Los trucos que funcionan con los demás, no sirven de nada en ese callejón trasero bien iluminado donde uno tiene las citas consigo mismo.

Y es en ese callejón trasero al que no acudías nunca cuando no estabas en el paro, ese lugar que probablemente no sabías ni que existía, es justo allí donde te descubres acurrucada en un ovillo de amor propio. El amor propio es un poco como mi madre, te apoya, te sostiene, te ayuda, siempre está ahí, pero nunca te regala los oídos. No es su estilo. Con ella y con él no sirven los trucos, las excusas ni las fotos en Instagram. A ellos es casi imposible engañarles.

Lo más desolador es que el amor propio no tiene nada que ver con la aprobación de los demás, a quienes, a fin de cuentas, no cuesta mucho engañar; y tampoco tiene nada que ver con la reputación que, como le dijo Rhett Butler a Scarlett O'Hara, es algo que la gente con coraje no necesita.

El falso amor propio busca el beneplácito de los demás. El auténtico amor propio es demasiado íntimo, tan reservado y solitario que sólo necesita la aprobación de una persona entre los 7.000 millones y medio de habitantes del planeta: uno mismo. El falso amor propio busca notoriedad. El verdadero amor propio, en el paro, sólo busca un trabajo.

Vivir sin amor propio es pasarte la noche en vela, sin que te pueda ayudar ni la leche caliente ni el fenorbital ni la mano que descansa sobre la colcha, contando tus pecados por acción y por omisión, las confianzas traicionadas, las promesas sutilmente rotas y los dones irrevocablemente desperdiciados por pereza o cobardía o dejadez.

Hay algo peor que la introspección nocturna habitual del insomnio en el paro. La introspección nocturna del domingo por la noche. El domingo por la noche es el peor momento de la semana cuando estás en el paro. Es el cul de sac del callejón trasero cuando ya se han apagado las luces. Ese momento en el que no hay nada, sólo la certeza de que en pocas horas pasarás una nueva página de la agenda sin nada que apuntar. Otro lunes igual que todos los lunes y los martes y los miércoles... otro día de miedo sin brújula, otro día de carga y agobio, de incertidumbre, de búsqueda estéril, de currículums, cartas de presentación y cursos de formación.

Existe la extendida superstición de que el 'amor propio' es una especie de encantamiento contra las serpientes, algo que mantiene a quienes lo poseen encerrados en un Edén inmaculado, lejos de las camas de los desconocidos, de las conversaciones ambivalentes y de los problemas en general. No es así en absoluto. No tiene nada que ver con el aspecto de las cosas, sino con una paz distinta, un tipo de reconciliación privada.

El amor propio -nótese que el título original del artículo es On self-respect-  tiene que ver con el respeto, uno de los trofeos más difíciles de conseguir y más fáciles de perder. El respeto es una llave que afloja los conflictos y estar en el paro genera muchos conflictos con uno mismo. El camino hacia la reconciliación, hacia la resolución del conflicto, no es fácil:  porque no hay antídoto para la incertidumbre ni nombre para lo que sientes y temes. Estar en el paro cuando superas los 40 años -probablemente como cualquier otra experiencia traumática- te vuelve vulnerable en el conflicto.

... liberarnos de las expectativas ajenas y devolvernos a nuestras propias manos: en ello consiste el enorme y singular poder del amor propio. Sin él, uno termina por descubrir la última vuelta de tuerca: que uno se ha escapado para encontrarse a sí mismo y ahora se encuentra la casa vacía. 

Sin amor propio en aquellos meses eternos en el paro hubiera vivido en una casa vacía. Buscarme allí dentro sin amor propio, sin que me sacudieran de los hombros, sin enfrentarme a la pérdida de la inocencia y de la fe en los semáforos en verde y sin admitir que es normal no gustarse,  hubiera sido como seguir creyendo en las monedas de Bocazas.

PD.
Gracias a todos los que me habéis hecho ver que sí que tengo amor propio.


martes, 6 de septiembre de 2016

Disecciones y metáforas para hablar de la enfermedad

Cuenta la tradición familiar que mi bisabuela María, cada vez que una conversación sobre las últimas noticias de amigos, conocidos o parientes acababa monopolizada por las enfermedades, obligaba a terminar la charla de esta manera: 'Parlem de putes'. No hace falta traducción para la contundente sugerencia de la madre de mi abuelo materno. Hablar de enfermedades ejerce una atracción especial. Del interés al morbo (morbo significa enfermedad) hay un amplio abanico de posibilidades y oportunidades para hablar de enfermedades. En muchas ocasiones, hablamos de enfermedad cuando no estamos hablando de enfermedad. La crisis económica es como un enfermo de cáncer que no responde a la quimioterapia; el virus de la deuda lastra el crecimiento económico, hay virus informáticos y los incendios son virulentos cuando realmente son violentos; hay riesgo de contagio en la zona euro, las bolsas mundiales están en estado comatoso y la política de pactos de los partidos es esquizofrénica.

La enfermedad es una de las metáforas mas recurrentes en el discurso político y periodístico, pero la enfermedad también se vuelve metáfora, a veces para explicar, a veces para ocultar, para intentar entender o para no llamar a las cosas por su nombre. Depende de quién la use. Las enfermedades, los trastornos y desórdenes, son ideas sobre la realidad imperfecta de la naturaleza a la que la medicina trata de poner orden. Y curar. Si hablamos de divulgación científica, la metáfora permite llegar al gran público aunque en el camino se desdibujen teorías, tesis y teoremas. El camino de la ciencia hasta el gran público a veces es  tortuoso -por causas que no vienen al caso- y es necesario un esfuerzo para hacer comprender lo complejo a través de lo cercano. Eso es, más o menos, una metáfora y así es, más o menos, como una metáfora puede hacer que entendamos una enfermedad.

En su caso, los relatos de Disecciones hacen de cada una de las enfermedades narradas, una metáfora vital: el olvido, el abandono, el miedo, el futuro insostenible, el castigo, la muerte, el sufrimiento, el encierro, la inconsciencia, lo real y lo irreal. O lo que es lo mismo, el alzhéimer, el cáncer, el alcoholismo, el párkinson, la enfermedad mental... En algunas narraciones no sabemos qué enfermedad padece exactamente el protagonista, pero podemos identificarla porque responde al lenguaje común de todas las enfermedades: el sufrimiento, el dolor, el miedo, la muerte. La enfermedad forma parte de la vida y todos hemos tenido, tenemos o tendremos alguna relación con ella en algún momento. Sabemos cuándo se está hablando de la enfermedad. En sentido figurado o literal.

Pero demasiadas metáforas identifican a la enfermedad con la épica del sufrimiento, con el castigo o la trascendencia espiritual, con la victoria y la derrota tras una batalla. Perdedores y vencedores en un combate contra cáncer, las drogas o la ELA. Dice Susan Sontag en La enfermedad y sus metáforas, que "nunca es inocente el concepto de enfermedad". Sontag, escritora, novelista, ensayista y enferma de cáncer, reflexiona sobre la enfermedad y sus representaciones, sobre el peso que tienen las imágenes de la enfermedad en la percepción social y, sobre cómo "la propia reputación de la enfermedad" incrementa el sufrimiento de quienes la padecen.  En definitiva, sobre cómo hablamos de la enfermedad y por qué muchas conversaciones sobre la enfermedad animan a cambiar de tema como pedía mi bisabuela: por ignorancia, temor, mitos y algunas metáforas. "No todas las metáforas que se aplican a las enfermedades y sus tratamientos son igualmente desagradables y distorsionantes. La que más me gustaría ver archivada (...) es la metáfora militar", dice Sontag.

Las metáforas no están sólo en el lenguaje, impregnan la vida porque están en el pensamiento y en la acción. No es posible pensar y explicar sin metáforas. Nada es simple y mucho menos la enfermedad, pero la carga metafórica de la enfermedad no debería ser nunca moralizante, punitiva, condenatoria, porque como dice Sontag, "las metáforas y los mitos matan. Por ejemplo, infunden un miedo irracional a las medidas eficaces como la quimioterapia y fomentan la creencia en métodos totalmente inútiles como las dietas y la psicoterapia". Nadie enferma por castigo, ni por bioneuroemociones, las largas enfermedades tienen un nombre y algunas, a veces, matan. No se pierde ni se gana ninguna guerra, te curas o no te curas. A veces la enfermedad no tiene ningún significado. Sólo es una mala pasada.

Esta que escribe se declara partidaria de las buenas metáforas y alumna aplicada del análisis del discurso. Por eso me ha gustado Disecciones. Porque es un corte para asomarse a la enfermedad desde la experiencia personal del enfermo, del cuidador, del familiar. Diez bisturíes en manos de diez autores que nos acercan al sufrimiento, al dolor, al silencio, a la confusión, la dificultad y, también a la alegría. A todo lo que guarda la enfermedad. Disecciones es la enfermedad en la ficción, ese terreno que nunca hemos pisado pero en el que nos encontramos como en casa.

Enhorabuena a NextDoor Publishers, a Oihana Iturbide, a su equipo y a los autores de este Disecciones en las puertas de su segunda edición. Digo este Disecciones porque sería una gran noticia que viera la luz un Disecciones II para seguir hablando de la enfermedad. Tengo hueco en la estantería junto a Némesis de Philip Roth, La montaña mágica, de Thomas Mann y Señora de rojo sobre fondo gris, de Miguel Delibes. Y esto no es una metáfora.


martes, 30 de agosto de 2016

La carga del envejecimiento

¿Qué supone nacer, crecer y vivir en un mundo cada vez más envejecido? La población mundial envejece rápidamente. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha hecho cuentas y asegura que, por primera vez en la historia, la mayoría de los adultos de mediana edad tiene a sus padres vivos. El envejecimiento de la sociedad ya no es un proceso, es una realidad. Una carga global que soportan las familias y las administraciones. La ciencia busca cómo hacer esta carga más llevadera. Más digna y saludable.



Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), por primera vez en la historia de la Humanidad, cuatro generaciones conviven juntas. En muchos hogares no es extraño celebrar una reunión familiar en la que se siente a la mesa un miembro octogenario, incluso nonagenario, rodeado de hijos, nietos y algún biznieto. En España hay 7 millones de personas de más de 65 años y el 25% tiene más de 80. Son datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) que asegura que en el año 2015 las personas mayores de 65 años superarán el 30% de la población y serán casi 13 millones, mientras que los octogenarios llegarán a ser más de 4 millones, el 30% de la población nacional.

Estas cifras son el resultado del desarrollo sanitario y económico, pero tienen una doble lectura: el último estudio sobre Envejecimiento de la población y desarrollo de la ONU de 2009 sitúa a España como el país más envejecido del mundo en 2050. Para entonces, y según las proyecciones de Naciones Unidas, el 40% de la población española tendrá más de 60 años. Para tener una visión completa de estas previsiones, conviene fijarse en dos variables más: la tasa de fertilidad y la esperanza de vida. España es, tras Japón, el país con mayor índice de esperanza de vida para las mujeres. Las españolas viven una media de 85 años, un récord de longevidad que las sitúa sólo por detrás de las japonesas, que viven hasta los 87. Los hombres españoles, en cambio, no están entre los 10 primeros puestos del ranking masculino que lidera Islandia, según el informe de Estadísticas Sanitarias Mundiales 2014 hecho público recientemente por la OMS. El escenario futuro se completa con la tasa de fertilidad más baja de toda Europa: 1,32 hijos por mujer española en edad fértil, según cifras de 2012 de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).


Según la ONU España será el país más envejecido del mundo en 2050 con un 40% de la población por encima de los 60 años.

‘NO ME PASA NADA, SÓLO QUE SOY MUY MAYOR’  Pilar cumplió 94 años en febrero. Desde hace cuatro meses vive en una residencia para la tercera edad en Tarragona. Hasta que sus hijos tomaron la decisión de ingresarla allí, vivía en su piso, atendida por tres personas diferentes en turnos de mañana, tarde y noche. Su hija vive en Valencia y su hijo, aunque vive en la misma ciudad, “aún trabaja y además, es un hombre”, dice Pilar. “Ahora sé que tenía que haber venido antes a la residencia. Aquí estoy mejor atendida y doy menos trabajo a mis hijos. Pero sigo pensando que no estoy tan mal para estar en una residencia”.

Pilar no tiene ningún problema de salud grave. Ha sobrevivido a sus tres hermanos -dos mayores y uno más joven- y a su marido y si pasa de los 94 años también habrá superado la edad a la que murió su madre. “No tengo nada malo, pero no duermo, me duelen mucho los huesos y me cuesta mucho andar. Es que soy muy mayor”, dice Pilar. Si hubiera que hacer un diagnóstico, coincidiría bastante con el resumen que hace Cristina Mora, médico de atención primaria en Centro de Salud de Bétera (Valencia) sobre los trastornos más frecuentes entre las personas mayores: “Patologías crónicas, como hipertensión arterial, diabetes, bronquitis; patologías neurodegenerativas como la demencia senil, el mal de Alzheimer, Parkinson; la artrosis que no es una patología mortal, pero causa mucho dolor…”.

Los pacientes de la tercera edad representan el 46% de las consultas en atención primaria, donde los facultativos aseguran que son el colectivo que más tiempo y recursos consumen.

La doctora Mora recibe cada día en su consulta a decenas de personas mayores. Dice que son el 46% de los pacientes totales atendidos en la consulta de una zona salud de cerca de 40.000 habitantes. Además de representar casi la mitad de las consultas, la doctora Mora destaca que los pacientes mayores consultan más que los jóvenes y consumen más tiempo y recursos. “Ciertas morbilidades propias de la tercera edad están asociadas a alteraciones auditivas y visuales y aumentan el riesgo de caídas que provocan fracturas y encamamiento, lo que supone una disminución drástica de la calidad y el pronóstico de vida. En este tramo de edad hay más riesgo de malnutrición o deshidratación, situaciones que, asociadas al dolor crónico, la soledad y la polimedicación y sus efectos secundarios, hacen caer en picado la calidad de vida de personas cada vez más longevas. Y básicamente por eso vienen tanto”, resume Cristina Mora.


“LA HIJA Y LA HEREDAD, PARA LA ANCIANIDAD”: ENVEJECIMIENTO Y GÉNERO

 El refranero y la tradición popular mantienen la idea de que las hijas deben hacerse cargo de sus padres cuando son mayores. La tesis doctoral de Angelina Grygoryeva, estudiante de Sociología en la Universidad de Princeton, parece confirmar este principio. Según Grigoryeva, las hijas norteamericanas se encargan de sus padres una media de 12,3 horas al mes, mientras que los hijos dedican 5,6 horas al mes a esta tarea y concluye que “los hijos reducen sus esfuerzos de atención a sus mayores cuando tienen una hermana, lo que sugiere que los hombres traspasan esta responsabilidad a las hermanas”. Los datos de este estudio provienen de una encuesta a 26.000 americanos de más de 50 años que publicó en 2004 la Universidad de Michigan. La autora de la tesis asegura que estamos ante otro ejemplo de desigualdad de género: “Estas cuidadoras tienen que conciliar la atención a sus mayores con su trabajo y esto tiene resultados negativos en forma de sacrificios profesionales y salariales”.

LOS EFECTOS SECUNDARIOS DE LA LONGEVIDAD El envejecimiento es una cuestión multifactorial. Un proceso inexorable que plantea una lista de tareas para todos los agentes implicados: el sistema de salud, la administración general y las familias. El desarrollo científico y tecnológico del último siglo tiene efectos secundarios como, por ejemplo, la prolongación de la vida hasta edades impensables. Hace un siglo, tener 50 años suponía estar a las puertas de la ancianidad. Hoy no. Hoy una persona de 70 años se ofende al oír en las noticias cosas como ‘en el accidente ha resultado herido un anciano de 70 años’.

Una de las consecuencias del envejecimiento de la población es el retraso en la edad de jubilación para hacer sostenible el sistema de pensiones. En España, en 1970 había 7 trabajadores en activo por cada pensionista. Hoy son 3 las personas que cotizan por cada jubilado. La población de mayor edad en España experimentará un crecimiento más rápido que la media europea; el grupo de población de edad media comprendida entre los 15 y los 64 años disminuye y conduce a la sociedad española a contar con una proporción reducida de personas laboralmente activas: todo un desafío para la sostenibilidad del estado del bienestar y para las economías occidentales, que son las que más se enfrentan a los efectos secundarios de la longevidad.

En España, en 1970 había 7 trabajadores en activo por cada pensionista. Hoy son 3 las personas que cotizan por cada jubilado.

Además, en 2013 los fallecimientos en España bajaron por primera vez desde 2010. En las próximas décadas, en Occidente habrá más ancianos que niños. Ancianos más longevos que necesitarán más atención de un sistema con menos recursos y con más desafíos.“Con los avances médicos y la mejora en el manejo de enfermedades crónicas como la hipertensión o la diabetes, se ha conseguido aumentar la esperanza de vida pero esta longevidad, en la inmensa mayoría de los casos, va asociada a una pérdida de la calidad de vida a medio plazo”, dice Cristina Mora. Pilar lo dice con otras palabras: “Para estar así, ¿por qué tenemos que vivir tanto tiempo?”.

¿QUIÉN SE ENCARGA DE LOS ABUELOS? La necesidad de atención de larga duración está aumentando y la OMS ya prevé que el número de personas que no pueden valerse por sí mismas se multiplicará por cuatro hasta 2050. La falta de movilidad impide a muchas personas mayores vivir de manera autónoma. Para muchas familias estas circunstancias inherentes al envejecimiento son una carga. ¿Dónde y con quién deben vivir los mayores? La doctora Cristina Mora contesta: “En esa reflexión y en la toma de decisiones debe tenerse en cuenta el nivel de dependencia de la persona y la red familiar existente. Cada caso debería ser examinado por el médico y el trabajador social del centro de salud junto a la familia y al anciano. Para mí, lo ideal es que el anciano viva con su familia, pero esto es cada día menos frecuente”.

Pilar hubiera preferido dejar su casa para estar con su hijos pero eso la hubiera convertido en una ‘anciana maleta’, un término al que suele referirse Cristina Mora para hablar de muchos ancianos: ‘son mayores que viven con sus hijos por turnos. Esto no resulta satisfactorio ni para los hijos ni para en anciano que tiene la sensación de ser una carga’. Los hijos trabajan o están lejos, las residencias son caras y el cuidado de los mayores se convierte en un problema. Las familias recurren a cuidadores externos, una opción que no agrada al anciano y tampoco a los médicos: ‘Suele ser personal no preparado y son demasiadas las ocasiones en las que nos encontramos ante situaciones en las que la vida del mayor no es precisamente digna. Al final, como en todo, los recursos económicos facilitan o dificultan las cosas’.

Se conoce como ‘ancianos maleta’ a aquellos mayores que viven con sus hijos por turnos. ‘Esto no resulta satisfactorio ni para los hijos ni para en anciano que tiene la sensación de ser una carga’, asegura Cristina Mora.

La importancia del envejecimiento de la población y el cambio en el patrón epidemiológico de la sociedad en las últimas décadas obligan a reorientar el sistema sanitario hacia la atención del anciano como paciente crónico. Una idea que, según los últimos estudios, cambia el paradigma de la asistencia social y sanitaria a través de “una atención primaria que sea el eje de la atención por sus características de atención longitudinal y cercanía poblacional, con profesionales formados y con la coordinación por parte del médico de familia de la intervención de los especialistas, incentivando la atención domiciliaria, reforzando el papel de la enfermería y poniendo en valor a los trabajadores sociales dentro de un equipo multidisciplinar”. Estos son los objetivos de la dirección general de asistencia sanitaria de la Conselleria de Sanitat de la Comunitat Valenciana y la apuesta de la mayoría de los expertos en la materia: los abuelos, en casa con la familia y atendidos por su médico de cabecera.

TELÓMEROS Y TELOMERASA PARA FRENAR EL ENVEJECIMIENTO CELULAR

 La directora del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), María Blasco explica uno de sus trabajos sobre el envejecimiento celular con esta imagen, la del cuadro del pintor renacentista alemán Hans Baldung (1484-1545), ‘Las tres edades de la muerte’. Una alegoría sobre el proceso de envejecimiento y la muerte. Cuatro personajes representan la infancia, la juventud, la vejez y la muerte, que sostiene un reloj de arena como símbolo del paso del tiempo. Y una lechuza que representa la capacidad para ver el futuro que posee la ciencia. María Blasco utiliza esta imagen en sus ponencias para explicar que el envejecimiento celular es la causa de la aparición de enfermedades como el cáncer o la enfermedad cardiovascular: con el paso del tiempo se acumula daño en las células, que pierden sus funciones. El origen de este daño está en el acortamiento de unas estructuras llamadas telómeros que están al final de los cromosomas. Los telómeros se acortan por la desaparición, en la edad adulta, de una enzima llamada telomerasa que sólo se encuentra durante el desarrollo embrionario. Al envejecer y al perder telomerasa tenemos más riesgo de padecer enfermedades asociadas al envejecimiento. “Hay hábitos de vida que pueden influir en la velocidad de acortamiento de los telómeros: ejercicio, alimentación saludable y disminución del estrés correlacionan con el mantenimiento de los telómeros”, explica María Blasco. El objetivo es encontrar la manera de reactivar la actividad de la telomerasa. El CNIO ha conseguido demostrar que es posible retrasar la aparición de enfermedades y alargar la vida en ratones mediante la activación de esta enzima. Según María Blasco, “la investigación ha demostrado que es posible retrasar el envejecimiento y con ello la aparición de enfermedades gracias a la activación de telomerasa” y añade que con estos datos se puede decir que “es posible vivir más y mejor”.

EL SECRETO ESTÁ EN LOS GENES Vivir más tiempo y más sano es posible. La ciencia trabaja en este doble objetivo y continúa buscando las claves para conseguirlo. Pero la investigación sobre el envejecimiento no tiene como fin encontrar el elixir de a eterna juventud. El envejecimiento es la acumulación de daño en el ADN a lo largo de la vida de una persona. Esa acumulación de daño es la misma que origina el cáncer, la diabetes y las enfermedades cardiovasculares y neurodegenerativas como el alzhéimer. En 2013, cinco investigadores, entre ellos los españoles María Blasco, Manuel Serrano y Carlos López-Otín publicaron en la revista Cell un artículo titulado ‘Las claves del envejecimiento’, en el que exponían esta idea. El artículo revisa y marca el camino de la investigación actual y futura en el campo del envejecimiento. “Esta revisión no habla de teorías, sino de evidencias moleculares y genéticas”, dijo María Blasco (CNIO) al presentar el estudio.


Según Manuel Serrano, las conclusiones de este estudio anulan la “frivolidad” con la que, en ocasiones, se habla sobre el envejecimiento: “No se trata de no tener arrugas ni de vivir cien años a cualquier coste, sino de prolongar la vida sin enfermedad”. El fin último, dijeron los autores, es “identificar dianas farmacológicas que mejoren la salud humana durante el envejecimiento”. Y para ello la búsqueda se centra en el genoma.

Un estudio publicado en la revista científica PLOSone revelaba que el secreto genético de las personas más longevas del mundo, si existe, es muy complejo. Tras secuenciar el genoma de 17 supercentenarios los autores no encontraron variantes comunes a las personas más longevas. Como Pilar, que a sus 93 años tiene una teoría sobre su longevidad. “Creo que he llegado hasta aquí porque lo pasé mal cuando era jovencita en la guerra y en la posguerra, pero siempre me he cuidado y ahora es como si tuviera un tiempo de más por aquellos años malos”. La teoría de Pilar carece de rigor científico. La longevidad no es un plazo extra, pero el envejecimiento tiene que ver con el paso del tiempo y con el complejo mecanismo de un reloj que la ciencia sigue intentando descifrar y comprender.

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Post publicado en  marzo de 2015 en Comunicar Ciencia, blog del Máster en Comunicación Científica, Médica y Ambiental de la UPF Barcelona School of Managemenet. Pilar es mi abuela. En febrero de 2016 cumplió 95 años. Esta tarde la llamaremos para charlar con ella. 

jueves, 18 de agosto de 2016

52 Blue



'7 de diciembre de 1992. Isla de Whidbey. Estrecho de Puget. Las Guerras Mundiales habían acabado. Las otras guerras habían acabado: Corea, Vietnam, el golfo Pérsico. La Guerra fría también había acabado. La base aérea y naval de la isla de Whidbey se quedó. Como todo el Pacífico, enorme e insondable, además de un aeródromo bautizado en honor a un aviador cuyo cuerpo no apareció jamás: William Ault, muerto en la batalla del Mar del Coral. Así son las cosas: el océano se traga cuerpos humanos enteros y los hace inmortales.'

Así empieza el relato de Leslie Jamison '52 Blue'. Es la historia de la Ballena 52, también conocida como 52 Hercios. Es la historia de un cetáceo escurridizo que no ha sido localizado en aquellas coordenadas del Pacífico ni en ninguna de sus rutas migratorias. Es la historia de una ballena, de quienes la descubrieron y de quienes encontraron y siguen encontrando en ella su Moby Dick bueno, amable, empático. 52 Blue no es Leviatán. Para algunos 52 Blue es sólo una ballena, probablemente una ballena macho y para otros es mucho más. 

La descubrieron en la base de la isla de Whidbey. Una base sin uso militar a principios de los 90. Sin submarinos soviéticos a los que localizar, sin espectro electromagnético que manipular, ni frecuencias de radar que interceptar, la base sufrió recortes de personal, las operaciones menguaron, se desclasificó parte del equipamiento y los hidrófonos de la Marina de los EEUU se tuvieron que dedicar a otras cosas. Aquel 7 de diciembre de 1992, los técnicos detectaron un sonido extraño. No tenían muy claro qué era. La suboficial Vilma Ronquille estudió durante horas los espectogramas. No sabía qué era, sólo sabía que registraba valores de 52 hercios. Ronquille consultó con sus compañeros, volvió a medir y a estudiar las anotaciones hasta que le dijo a su colega Joe George: 'Creo que es una ballena'.


"-Joe pensó, 'madre mía'. Parecía algo imposible. Para una ballena azul, que es lo que esto parecía, una frecuencia de 52 hercios estaría fuera de todos los registros. Las ballenas azules están entre los 15 y los 20 hercios, en el límite de lo que el oído humano puede percibir, como un minúsculo murmullo. Pero ahí estaba, justo delante de ellos, la huella sonora de una criatura nadando por las aguas del Pacífico cantando una canción sorprendentemente aguda."

Soy de letras pero me he documentado. Esta ballena canta en una frecuencia 'por encima de la nota más baja de una tuba', pero mucho más alta que la que utilizan sus congéneres, cuyos sonidos se quedan entre los 12 y los 25 hercios. Nadie puede oírla. Según mi vecino físico, si existiera un sonido identificable en esa frecuencia sería el de un aplauso con una mano. Es decir, nada. Las ballenas emiten sonidos para navegar, para encontrar comida, para comunicarse con otras ballenas, para aparearse. Las ballenas azules macho tienen un canto más agudo que las hembras. Un canto que puede recorrer muchas millas debajo del mar. La ballena que descubrieron en la isla de Whidbey era diferente. Le siguieron el rastro durante años, en sus rutas desde Alaska a México. Todo lo que observaron, primero los técnicos militares y después los biólogos, era normal. Todo excepto su canto, su voz y el hecho de que siempre parecía estar solo. Era una ballena que emitía sonidos en una frecuencia fuera de lo normal. Inaudibles. Una ballena incapaz de comunicarse. Sola. Aislada.


"... sonaba fantasmagórico, aflautado, palpitante... el equivalente en sonido a un rayo de luna que atraviesa la espesa niebla en una noche de luna llena."

Fue el oceanógrafo Bill Watkins y su equipo del Woods Hole Oceanographic de Massachusetts quienes certificaron que ese inédito sonido lo emitía una ballena. La estudiaron durante una década, pero llegaron los atentados de las Torres Gemelas, se acabaron los fondos para la investigación y la base de Whidbey volvió a sus orígenes militares. Y su estudio terminó con unas conclusiones en un artículo científico.


"No sabemos qué tipo de ballena es, o si se trata de una especie híbrida o de un cetáceo con alguna anomalía. Probablemente es complicado aceptar que sólo haya uno de esta clase en esta gran extensión del océano".

La prensa descubrió a 52 Blue y con afán divulgativo y ante una historia atractiva, empezaron a aparecer reportajes y artículos sobre la ballena del estrecho de Puget con titulares tan sugerentes como La canción del mar, a capella y sin contestación, La ballena más solitaria del mundo, La canción de amor no correspondido de la ballena solitaria... Nacía la leyenda de la ballena solitaria, triste, huidiza, inalcanzable y silenciosa. Empezaron a llegar centenares de cartas al Woods Hole Oceanographic. Cartas de personas que encontraron en esa ballena la metáfora de sus vidas solitarias. Y de las cartas, a las cuentas de Twitter y a los perfiles de Facebook el fenómeno se multiplicó.


"Eran las cartas de los corazones rotos, de las personas con mal de amores, de los solitarios, de los heridos una vez, de los doblemente tímidos y de los heridos dos veces, de los retraídos... gente que se identificaba con la ballena o que sufría por ella o por cualquier variedad de sentimientos que podían proyectar sobre el animal."

Los científicos que recibieron las primeras cartas se convirtieron en confesores involuntarios de centenares de devotos de 52 Blue. Pero una cosa eran las cartas de pobres diablos y almas en pena, y otra muy diferente la atención mediática y la falta de rigor científico en las informaciones que se publicaron. Una de las investigadoras compañera de Bill Watkins se enfadó al hablar con Leslie Jamison y le dejó ver que estaba hasta las narices de la leyenda y sus consecuencias.


"No sabemos qué demonios es... no sabemos si tiene una malformación... ¿Está solo? No lo sé. A la gente le gusta imaginar a esta criatura ahí fuera, nadando en su soledad, cantando mientras nadie le escucha. Pero yo no puedo asegurar eso. ¿Se reproduce con éxito? No tengo ni la más remota idea. Nadie puede contestar esas preguntas. ¿Está solo? Odio relacionar emociones humanas como esas a los animales. ¿Las ballenas se vuelven solitarias? No lo sé y ni siquiera quiero tocar este tema."

¿Quién escribe estas cartas? ¿Quién se identifica con una parábola protagonizada por una ballena? ¿Quién se refugia en la historia de un animal disfrazado con rasgos humanos? Leslie Jamison encuentra en su trabajo de campo a Leonora, una mujer de 48 años que acaba de despertar del coma. A Juliana, una estudiante muy tímida, a Zee, un fotógrafo que pasa una mala racha después de una ruptura sentimental, a David, un hombre que pierde su trabajo después de 20 años y al que se le vienen encima un cambio de domicilio y un divorcio. Personas que sienten que no pueden hablar con nadie y que nadie les entiende desde sus 52 hercios de aislamiento. Y así teje el relato de los efectos de un descubrimiento científico a través de la mirada y el sentimiento de un grupo de personas que buscan respuesta y alivio a su soledad, a la falta de comunicación, a la incapacidad de conectar, a la exclusión buscada o forzada. Y que lo encuentran, cada uno a su manera, en una ballena.


"Lo es todo y cualquier cosa, dijo Leonora, cualquier cosa que quieras que sea. Es el sueño que nunca podrás alcanzar, es un premio de un millón de dólares en la lotería, es Shangri-la. Es todas esas cosas a las que aspiras. Incluso es Dios. ¿Cómo sabes que no está aquí para curarnos y que su canción es sanadora?"

De momento 52 Blue no está. No está físicamente localizada pero la buscan para hacer un documental. La caza de la ballena esquiva no es sólo un argumento literario. Es una búsqueda para dar sentido, para reconciliarse, para vengarse, para pasar página. Y esas cosas, como dice Herman Melville en Moby Dick 'no están en ningún mapa. Los lugares verdaderos nunca lo están'. 

"52 Blue no sólo sugiere la imagen de una ballena como metáfora de la soledad, sino un metáfora en sí misma para aliviar la soledad. La metáfora siempre conecta dos puntos discrepantes: sugiere que no hay nada malo en el aislamiento, no existe la vergüenza más que en los ojos de los otros. Muchos fans de 52 ya eran solitarios antes de que sus vidas les dieran una razón a su soledad. David estaba solo en su matrimonio estable, Zee era solitario antes y después de su ruptura. La soledad sale a la búsqueda de metáforas para definirse y para acompañarse de relevancia y afinidad. Ahora hay un grupo de gente reunida en torno a esa afinidad... alguien dirá que es una comunidad reunida alrededor de  un centro vacío. Cuando volcamos toda nuestra compasión sobre 52 Blue no tenemos sentimientos hacia un ballena, sentimos por lo que hemos construido sobre la imagen que tenemos de esa ballena. Pero ese sentimiento existe. Y eso es lo que importa." 

Mientras buscan a 52 Blue vale la pena leer lo que ha escrito Leslie Jamison y decidir si es sólo una ballena o no y si eso importa realmente. Se puede leer en esta web que publica relatos y se puede leer también en Amazon


Post publicado en septiembre de 2014. Revisado y actualizado ayer.




Photo credit: l i l o n d r a / Foter / Creative Commons Attribution 2.0 Generic (CC BY 2.0)