martes, 26 de marzo de 2013

Vacaciones no escolares

Estoy de vacaciones y por primera vez en cuatro años, mi semana libre en estas fechas no coincide con las vacaciones escolares de las mías. Aquí en mi CCAA, los niños tienen fiesta a partir del Jueves Santo y ya no vuelven hasta el primer martes después de la semana de Pascua.
Hasta ahora siempre me había cogido la semana de Pascua para conciliar y no tener que ir dejándolas con unos u otros abuelos. Este año, por necesidades de producción en mi sección la cosa estaba complicada y aunque podría haber pedido esa semana, decidí que no, que me reservaba 3 días para mi.

Para mi significa, para arreglar papeles y armarios, para proceder a los preliminares del cambio de ropa, tirar cosas, tirar más cosas, ir a comprar para llenar el congelador en paz y armonía. Significa mirar alrededor de mis cuatro paredes y constatar que está todo hecho un desastre y que el caos doméstico no va a más gracias a la intervención de AM, la persona que nos ayuda en casa. Vamos, el eufemismo habitual para  hablar de la persona que viene a casa 3 días a la semana, 4 horas al día, que me cuesta un pastón pero que antes me lo quito de ropa y zapatos de temporada. Tres días a la semana en los que regresar a casa desde el cole es entrar en un remanso de orden, de limpieza, de equilibrio. Los otros dos días, al girar la llave de la puerta ya voy visionado el desastre que me voy a encontrar. La cocina,  las camas sin hacer, la parte de arriba del pijama de Ladeseis en mi habitación después de su incursión diaria de colecho sobrevenido, el pañal de Ladecuatro en el bidé. Imagen lamentable, sí. No siempre es así, pero un 70% de las veces sí que es así. Las mañanas son un foco de Momentos de Desgaste Maternal (MDM). En este caso es el padre el que más los sufre porque yo me voy antes que ellos. Yo sufro sus efectos 10 horas después.

Total, que en este mi primer día efectivo de vacaciones no escolares, he dejado niquelado un armario de la galería que acumulaba 3 aeorosoles de matamoscas, mataavispas y matacucarachas, así como 3 botellas de producto para desatascar tuberías que no soy consciente de haber comprado. He dejado como un laboratorio de la NASA el armario de la cocina en el que guardamos las cosas del cole: tuppers, bolsitas, cubiertitos, servilletitas... El cuarto de jugar/despacho ha sufrido un cambio de look y un vaciado importante de elementos inservibles. Han desaparecido dos Barbies cuarentonas (eran de una prima mía que se las regaló a Ladeseis, a pesar de mi cara de asco) y lisiadas, he retirado aproximadamente 30 folios con dibujos, una caja con recortes de hojas que supuestamente son billetes para el supermercado, rotuladores sin tapa, tapas sin rotulador, hojas secas, bolas de ciprés, una bolsa de marshmallows tiesos como la mojama,  muñequitos de los huevos kinder (malditos sean los huevos kinder, los muñequitos, sus instrucciones y todo lo que tiene que ver con ellos), piezas de puzzle...

Los preliminares del cambio de ropa por estación no han sido muy intensos que digamos. Unos jerseis gordos míos guardados, 4 camisas de entretiempo al armario y poco más. En estas fechas es difícil hacer el cambio de ropa. Tengo mi termostato averiado porque hace más frío dentro de casa que en la calle y al final siempre elijo mal lo que me pongo.



Todavía tengo muchas cosas que hacer. Por ejemplo, ordenar libros. Otro eufemismo para decir que los voy a marear y a cambiar de sitio, para limpiar a fondo las estanterías, levantar polvo y ponerme a morir de estornudos. Se me acaba el tiempo. No tengo claro si podré hacerlo todo. El kindle me llama a gritos para que nos sentemos en la butaca un rato. Para acabar de redondear mis vacaciones no escolares.


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