miércoles, 3 de abril de 2013

Pruebas de amor insuperables


Todo el mundo sabe, en la teoría o en la práctica, de cerca o de lejos, que ser madre te cambia la vida. Porque sí. Básicamente porque antes de ser madre no eras madre y porque ese es el verdadero cambio. Básico. Pero vas añadiendo cosas a tu nueva condición y el cambio no para.

Por ejemplo. Tenías un nombre de pila y poco a poco te van rebautizando como mamá, mami, la mamá de Ladecuatro o la mamá de Ladeseis. Tenías un cuerpo y ahora sigues teniéndolo pero no es igual. La verdad es que tampoco sería igual-igual si no tuvieras hijos. Que lo sepas.

Todo el mundo sabe o ha oído contar que se pasan noches sin dormir cuando se ponen malitos y que dependiendo del tipo de afección esas noches pueden consistir en: a) cambios sucesivos de sábanas por vomitonas, b)despertares sucesivos para controlar la fiebre, c) desvelo parcial por la tos, d) desvelo absoluto por la verborrea ocasionada por la subida de fiebre (las mías son una metralleta con fiebre), e) otras.

Todo esto y mucho más lo llevas bien. Adoras a tus hijos. Y de verdad, no es para tanto. Lo digo por mi borrega pequeña, que no quiere reproducirse nunca jamás y sus amigas de quinta están venga el baby shower. Borrega pequeña es una de mis compañeras de sección favorita. Le dedicaré un 'Quién es quien' pronto porque se lo merece.

A todo lo anterior, añado las cuestiones asociadas a su socialización y escolarización: fiestas de cumpleaños en parque de bolas, conversaciones en el parque con toda la fauna maternal habida y por haber, deterioro de la relación con tu madre y/o suegra... en mi caso, más con mi madre... Fin total y absoluto de tu dominio sobre el televisor, siempre y cuando no uses toda tu inteligencia y tu capacidad de manipulación para orientar su gusto televisivo y, especialmente cinematográfico. En nuestro caso la operación 'peli en el salón' ha sido todo un éxito. Hasta 'Beh Hur' vieron hace poco... La relación de pareja, la relación con amigos, familia, vecinos... todo cambia.

Los deberes, las manualidades, los talleres de padres en clase... el día de la familia en el colegio, las rabietas de Ladecuatro.... todo, todo ha sido un camino de rosas comparado con las dos pruebas de amor insuperable que he pasado con nota alta en mis casi 7 años de condición maternal.


1. Preparar las primeras papillas. A los 4 ó 5 meses de las mías. Hay que ir introduciendo frutas poco a poco y una de las primeras es el plátano. Odio el plátano, me molesta hasta en forma de gominola. Y allí estaba yo, con la minipimer triturando cada día plátanos para mis hijas. No había dolor. Ni olor a plátano que puediera conmigo.


2. La última prueba de amor insuperable ha tenido lugar hace sólo unos días. Momento creativo con acuarelas y témperas. Los pinceles de las cajas de acuarelas de los chinos son horribles. Están tiesos y tienen tendencia a la alopecia instantánea. ¡¡Mamá, este pincel no pinta, mira qué empastre, se le caen los pelos!! Mamá hizo un sacrificio personal, frívolo, sí, pero digno de la mayor de las penitencias, porque fue en Semana Santa. Mis hijas no se quedaron sin pintar. Lo hicieron con tres de mis pinceles y brochas de maquillaje, fabricadas con pelo de marta que han quedado inservibles para su propósito inicial. 

Sé que esto es solo el principio de una carrera de obstáculos y pruebas. Esto no ha hecho más que empezar. Pero, de verdad, si pude superar la platanofobia me siento capaz de casi todo.












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