lunes, 9 de junio de 2014

Correr es de cobardes


En mi cándida adolescencia la gente salía a hacer footing. En mi displicente madurez, la gente sale a correr y se hace llamar runnerLos que hacían footing no se bautizaban. Sólo hacían footing. A los runners se les ve por todas partes: carreteras, aceras, calzadas, arcenes, playas, pueblos y ciudades. A cualquier hora, en cualquier condición meteorológica, de salud, de ánimo, laboral, familiar, sentimental o doméstica. Hacen del running un hábito existencial, un modo de vida, una actitud, una rutina, un sacrificio, un canto a la tenacidad y a la constancia, una oda a la austeridad, la confirmación de que habrá laureles por el camino del esfuerzo, un viaje y un destino en sí mismos.

Como ejemplo de técnica narrativa, este primer párrafo cumple su función. Pero no voy a hacer un panegírico de las endorfinas, ni a glorificar la humildad del running, ni a hablar de leyendas y proezas en zapatillas. Porque está el patio para que Allan Sillitoe se revuelva en su tumba, para que Filípides diga que vaya tu tía corriendo a Atenas y para que Abele Bikila renuncie a sus medallas olímpicas. 

La gente que hacía footing tenía como motivación principal bajar barriga y como meta colateral e involuntaria, destrozarse las articulaciones. Los runners no se diferencian tanto de los que hacían footing, pero se adornan diciendo que corren porque les gusta y lo necesitan, porque les relaja, les sublima como seres vivos y porque les acerca al éxtasis y porque se encuentran bien. Tengo confirmado que hay quien argumenta que corre porque le molesta a su mujer

Alegan en su defensa que es una práctica saludable y económica. Que sólo necesitan unas zapatillas, un pantalón corto y una camiseta. Pura pose. Los runners acaban poseídos por el consumismo más salvaje, a golpe de compra por internet, a la caza y acumulación de ofertas en outlets y a la captura de los complementos más absurdos de la historia de los complementos absurdos. Pantorrilleras. O sea, calcetines altos sin pie. Las buenas, dicen, a más de 20€ el par. Un runner te jurará por las plantas de sus pies y por sus ligamentos, que necesita unas zapatillas nuevas cada año y te pondrá la suela en los morros para convencerte de que están absolutamente desgastadas por la parte pronadora o supinadora, según sea el caso. Y como las comparaciones son odiosas, te pararás a pensar que tú tienes unas zapatillas de deporte desde hace casi 20 años y que están perfectas. Que tus zapatillas han recorrido más distancia que las del runner y que no tiene sentido que, por mucho que prone o supine, hayan perdido el dibujo como si de los neumáticos de un coche de Fórmula 1 se tratara. Pero entonces caes en la diferencia, en la razón que explica el por qué. Es que tú tienes unas zapatillas y el runner tiene unas zapas. Tú tienes chándal y ellos prendas técnicas y termorregulables. El runner desarrolla un interés desmedido por el funcionamiento de la lavadora y de la secadora con un único interés: que todas esas prendas hechas con tejidos desarrollados por la NASA no sufran perjuicios durante la colada familiar.


El runner delira con esas imágenes épicas del corredor de fondo, del etíope escuálido o del maratoniano agónico. Habla a todas horas de su pasatiempo y comparte progresos y logros con sus amigos en grupos de wasap monotemáticos. Habla con ellos de uñas negras, de rozaduras en la entrepierna, de inflamaciones varias y de pezones en carne viva y descubre que la vaselina tiene otros usos, además de los que ya conocía y que antes de hacerse runner también comentaba con diferentes ejemplos de exabrupto varonil en esos grupos de mensajería instantánea. Y es que el mundo 2.0 también ha contribuído a la notoriedad del running. No eres nadie si no cuelgas selfies por aquí y por allá con tus compañeros de carrera y eres menos que nadie si no compartes con tu peña virtual, la música que escuchas mientras corres, los kilómetros que has hecho y la velocidad a la que te han llevado tus piernas. Y entre los habituales temas de conversación del runner no pueden faltar los hábitos alimenticios basados en el equilibrio nutricional. Apetitosos festines pre-carrera en forma de bocadillo de plátano con miel, ingesta desorbitada de frutos secos, bebidas multicolores, geles, gominolas y otras cochinadas. 

El runner hipoteca la vida familiar porque confunde afición con adicción. Algunos sacrifican la sana costumbre del desayuno en familia del fin de semana por salir a correr. Otros abandonan al cónyuge en las horas del horror vespertinas para salir a entrenar o anteponen una masificada competición, nocturna o diurna, a una reunión o a una simple velada hogareña. Pero el runner tiene mala conciencia, incluso remordimientos si vive en manada. Sólo hay que mantener la frialdad y el decoro suficientes para que no note que estamos molestos por estos abandonos. Llegará un día en que no pondrán ni un pero a nada. Habrá domingos por la mañana en que los encontraréis planchando una montaña de ropa que se había hecho fuerte en una silla; la casa en silencio, todo en orden, un agradable aroma a café y a pan recién tostado y la mesa puesta con un almuerzo de hotel de 5 estrellas. Es un peaje barato, sí, pero confirma que correr es de cobardes.

0 comentarios:

Publicar un comentario