domingo, 28 de septiembre de 2014

Los vagabundos de la cosecha. John Steinbeck.

"Boileau dijo que sólo los reyes, los dioses y los héroes eran personajes adecuados para la literatura. Un escritor sólo puede escribir sobre aquello que admira. Y los reyes de hoy en día no son interesantes, los dioses se han ido de vacaciones y los únicos héroes que nos quedan son los científicos y los pobres". John Steinbeck.

***

EEUU, años 30, Gran Depresión. A la crisis económica hay que añadir los efectos de un desastre ecológico consecuencia de la sequía de seis años que secó el país desde el golfo de México hasta Canadá. Se llamó Dust Bowl, algo así como cuenco de polvo, a la sucesión de tormentas de tierra que se multiplicaron en esa zona expulsando a la población de sus tierras secas en dirección a la costa este. Granjeros, ganaderos, pequeños comerciantes, trabajadores americanos convertidos en emigrantes dentro de su país. En este escenario y con estos personajes, John Steinbeck escribió siete reportajes que se publicaron en 1936 en The San Francisco News. Siete reportajes y un trabajo de campo que se convirtieron unos años más tarde en novela. En 'Las uvas de la ira'. 'Los vagabundos de la cosecha' es la novela de la novela. Esos siete reportajes, un prólogo delicioso y las fotografías de Dorothea Lange ocupan 86 páginas de las que resulta imposible levantar la vista. Se leen en lo que tarda un Euromed desde Tarragona a Barcelona. Tal cual. Y eso que hay páginas en las que hay que parar a tragar saliva y cerrar fuerte los ojos para borrar de la mente las imágenes que recrean las palabras de Steinbeck. Es reporterismo puro y duro. Y crudo. Y es la historia de unos héroes pobres sobre los que Steinbeck escribe con admiración.


Foto de Dorothea Lange

Steinbeck relata las penurias de las familias que huyeron de la crisis y del polvo y que iniciaron un éxodo dramático hacia los campos de la fértil y próspera California, donde las hortalizas y los árboles frutales esperaban manos para recoger sus cosechas. El problema es que eran muchos, alrededor de 150.000 personas errantes, familias enteras en coches destartalados y sin hogar. Y cada día igual. 


"Poco antes de que empiece la cosecha, las carreteras hierven: familias enteras en sus furgonetas corriendo para llegar a tiempo a los campos que están a punto para la recolección, corriendo para ser los primeros en ponerse a trabajar. Y es que, para mantener los salarios bajos, las asociaciones de agricultores del estado suelen reclutar el doble de mano de obra de la que necesitan".

Un círculo vicioso que condena a las familias a la desgracia, a la enfermedad, a la muerte. O como dice Steinbeck, 'a algo parecido a la infrahumanidad'. Eran familias que antes de la Gran Depresión y del gran Dust Bowl ganaban 1.000 dólares al mes en sus granjas o comercios y que ahora a duras penas ingresan 200 dólares que desaparecen rápidamente como consecuencia de las prácticas mafiosas de los contratadores, que les venden a crédito en sus tiendas y que les obligan a estar endeudados constantemente. Porque el sueldo de la segunda jornada se va en cubrir los gastos del día de la llegada y así continuamente. Duermen en sus coches o en chabolas de cartón o madera insalubres que se mantienen en pie lo que tardan en llegar las lluvias. Y allí dentro, una padre y una madre, al principio aguantarán la respiración y la dignidad. Lo soportarán todo hasta que sus hijos empiecen a enfermar, hasta que sus recién nacidos empiecen a morir. Steinbeck recorrió durante una semana las plantaciones visitando a los jornaleros y descubrió lo que escondían esas caras que hemos visto en tantas fotografías de Dorothea Lange.

Foto de Dorothea Lange

"No se trata de preocupación: es el terror absoluto al hambre que acecha en los márgenes del poblado y que intenta colarse dentro".

Steinbeck documentó la vida de estos jornaleros y fue testigo de una iniciativa del gobierno federal que consiguió, según él, demasiado tarde, devolver la dignidad a esos vagabundos de las cosechas. Campamentos con instalaciones higiénicas y dignas, con una organización interna basada en principios democráticos, de autogestión y cooperación. Un pequeño paraíso al lado de los barrizales controlados por matones y explotadores. Una sociedad democrática a escala en los límites de grandes fincas con excedente de mano de obra donde los salarios se rebajan a niveles insultantes y donde se prohíbe la creación de un sindicato de trabajadores del campo. 


"Los nuevos emigrantes de la Dust Bowl han llegado a California para quedarse. Son buenos americanos, hábiles, inteligentes y, cuando se les concede una oportunidad, socialmente responsables. Condenarlos al hambre e intimidarlos hasta la deseperación no dará resultado. Pueden ser ciudadanos ejemplares, pero también pueden convertirse en un ejército espoleado por el sufrimiento y el odio que termine tomando por la fuerza aquello que necesita. De cómo los tratemos en el futuro dependerá en rumbo que se vean obligados a tomar".

Así acaba el libro y el último reportaje de la serie. No son las palabras de un político. Son las palabras de un periodista, escritor y premio Nobel. Pero alguien las tenía que decir. 

2 comentarios:

  1. ¿has cambiado el diseño, no?

    Lo apunto para mi lista. Tengo en mi lista de próximas lecturas releer Las uvas de la ira.

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    1. Afirmativo, lo cambié hace poco... aprovecho para preguntarte a ti, porque como no comenta nadie XD!!!! ¿Tú ves bien los enlaces?

      Yo también releeré Las uvas... algún día. Este libro está muy chulo, las fotos son fantásticas y, fíjate tú qué cosas, me ha gustado mucho el prólogo. Además, todo un descubrimiento la vida y obra de Dorothea Lange.

      Besos!

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