viernes, 31 de octubre de 2014

'Doctor Arrowsmith' y el ébola

Doctor Arrowsmith. John Ford. 1931


Confieso que Martin Arrowsmith me cae mal. A lo largo de más de 600 páginas me pareció un tipo intenso, atormentado y mediocre que por culpa de la traducción dice 'jolines'. Pero es el protagonista de una gran novela escrita en 1925 por el primer premio Nobel de literatura americano, Sinclair Lewis. No pensaba escribir nada sobre este libro hasta hace unas semanas. La actualidad informativa me ha obligado a repasar notas y a releer medio libro. Al leer algunas noticias tenía la sensación de haber leído cosas parecidas antes, en algún sitio, sin saber muy bien dónde. Hasta que hace poco lo vi claro: todo esto está en 'Dr. Arrowsmith'.


 "A los ciudadanos se les había dicho que en la peste bubónica, a diferencia de la neumónica, no hay ningún peligro de contacto directo con la gente que esté desarrollando la enfermedad, mientras se evite el contacto directo con los gérmenes, pero ellos no lo creían. Se tenían miedo unos a otros y les tenían aún más miedo a los forasteros. La Comisión se encontró con una calle que se moría de miedo".


La Comisión son el doctor Martin Arrowsmith, su mujer Leora y una especie de cooperante sueco, excéntrico y especialista en enfermedades tropicales llamado Gustaf Sondelius. Martin es un joven médico que lleva años pegando tumbos laborales en busca de la combinación perfecta entre éxito profesional, laboral, personal y científico. Toda una odisea, una lucha interna que le mantiene instalado en la incomodidad consigo mismo, agobiado por la exigencia de la tarea investigadora, la necesidad de tener resultados y descubrir algo y lo que es peor, publicarlo, y cuestiones más mundanas como la manía que tiene la gente de necesitar unos ingresos estables y decentes para vivir. 

Desde que terminó la carrera, Arrowsmith ha trabajado como médico rural, responsable del servicio público de salud en una gran ciudad, patólogo en el hospital de Chicago y en el momento de los hechos que nos ocupan, trabaja en el Instituto McGurk de Nueva York. El centro de investigación médica y científica -ficticio- en el que cualquier especialista querría trabajar. Llega allí de la mano de su profesor de Bacteriología en la universidad, Max Gottlieb. Judío alemán, científico monástico, duro y misterioso y 'tan impersonal como el frío viento del Nordeste'. En el Instituto McGurk y animado por su mentor, Martin Arrowsmith desarrolla su trabajo sobre un suero con el que trató en sus años de médico rural una epidemia que afectaba a las vacas. Su investigación sobre el fago (soy de letras y por lo que he podido entender es un virus que infecta a las bacterias) avanza por el tesón de Martin, el tutelaje de Gottlieb y la presión de la dirección del Institut McGurk que está picado con el -auténtico- Instituto Rockefeller en la carrera por descubrir, publicar y patentar. Arrowsmith llega a la conclusión de que el agente llamado fago podría servir para luchar contra muchas enfermedades de la época: pestes, tuberculosis, disentería... 

"- Me llega la noticia de que hay peste neumónica en Manchuria y bubónica en St. Hubert, en las Antillas. Si pudiese confiar en que tú, Martin, utilizases el fago con solo la mitad de tus pacientes y mantuvieses a los otros como controles, en condiciones higiénicas normales pero sin el fago, para poder determinar rigurosamente su eficacia con la misma precisión que se hizo con la transmisión de la fiebre amarilla a través del mosquito, te enviaría a St. Hubert. ¿Qué me dices?"

Martin le dice que sí al director del Instituto McGurk. Existen razones para pensar que su fago puede erradicar la peste que, a pesar de estar localizada en el Caribe, podría llegar a Nueva York. También existen razones para pensar que de confirmarse el éxito del fago, la fama y el dinero llegarían en cantidades industriales al Instituto. Martin ve cómo se puede hacer realidad el anhelo del científico que quiere ver cómo su trabajo puede beneficiar a la sociedad. A la humanidad.  "Mi querido amigo, este es un momento en el que debe salir de su ensueño científico y actuar". Y allí va la Comisión McGurk de la peste y el bacteriófago para las Pequeñas Antillas, embarcada hacia hacia una isla -también ficticia- en cuarentena, arrasada por la peste, la ignorancia, el pánico y la superstición, en manos de responsables que 'tienen tanto miedo que ni siquiera queman los cadáveres... hay cierto prejuicio religioso entre los negros... cosas de magia y brujería o algo así. La escuela. Convertida en la casa de la peste. Hay cientos de casos ahí. Y muertos cada hora. Tiene que haber una guardia... los pacientes caen en delirio e intentan escapar"Cargados de material para fabricar fago y para exterminar a los focos de infección en forma de ratas y ardillas con pulgas: "botas altas, muñecas con abrazaderas y la banda de caucho en el cuello que él mismo había inventado y que se conoce en toda tienda de suministros tropicales hoy como el protector  de cuello antiparásitos Sondelius".

Arrowsmith se instala en St. Hubert para llevar a cabo su experimento sobre el fago que consiste en suministrar el medicamento únicamente a la mitad de una población aislada. A los enfermos y no enfermos de la otra mitad 'debe privárseles rigurosamente de él'. Martin defiende su experimento ante los dirigentes de la comunidad y se repite a sí mismo '¡No soy un sentimental, soy un científico!' y junto a su compañero de Comité, el estrafalario Sondelius advierte al Consejo de Sanidad, a la Asamblea y a la Asociación de comerciantes.

"Les aseguró que si no dejaban de hacer política, la peste podría quedarse para siempre en St. Hubert, de manera que no podrían contar ya con los cariñosos dólares de los turistas y los placeres del contrabando".

El debate entre el médico curador y el médico científico no es fácil para Martin Arrowsmith, pero se impone a sí mismo la mesiánica tarea de convencer a una comunidad aterrorizada. 

"Una epidemia de peste hoy, en un país civilizado, no es ya un asunto de gente muriendo en las calles y de conductores gritando '¡retirad a vuestros muertos!'. La lucha contra ella se desarrolla como la guerra moderna, con teléfonos en vez de caballos de guerra espumeantes. El antiguo horror adopta un rostro de eficiencia. Hay oficinas, ficheros, exámenes bacteriológicos de pacientes y ratas, una brigada de técnicos de desinfección, aislamiento de pacientes para que los parásitos que portan los gérmenes no se los transmitan a otros".

Atención. Estamos en 1925 y la última mitad de esta novela podría haberse escrito en los últimos meses de 2014. Las ONG advierten de la peste del siglo XXI en términos muy parecidos a los que utilizó Sinclair Lewis en un libro que escribió asesorado por el microbiólogo, autor de 'Los cazadores de microbios', Paul de Kruif. Cambia el nombre de la epidemia, la localización geográfica y poco más. Hoy también hay héroes luchando sobre el terreno. Creo que son héroes menos místicos que Martin Arrowsmith. Y también perviven las mismas condenas y plagas biblícas en los países más desfavorecidos. 

"Gottlieb tiene razón en lo de esas bromas de Dios. ¡Uf! Las mejores son las que gasta en los trópicos. Dios los planteó tan bellos, flores y mar, y montañas. Hizo que crecieran los frutos tan bien que los hombres no necesitasen trabajar y luego se echó a reir y metió volcanes y serpientes y el calor húmedo y la senilidad prematura y la peste y la malaria. Pero la broma más siniestra que le gastó al hombre fue inventar la pulga".

Esto lo dice el experto en enfermedades tropicales de la novela, Gustaf Sondelius mientras agoniza porque le saltó una pulga en pleno exterminio de ratas. A las bromas que menciona Sondelius hay que añadir otra broma también de mal gusto. Esa que se resume en el denominado gap 90/10, según el cual, el 90% de fondos dedicados a la investigación médica se destina a dolencias que sólo suponen el 10% de la carga de enfermedad mundial. O lo que es lo mismo, el 90% se destinda a enfermedades del Primer mundo y el resto, a las del Tercer mundo.

En la novela pasan muchas más cosas. Hay más temas actuales y universales. Hay ciencia, amor, infidelidad, amistad, historia... John Ford hizo una película sobre este libro en 1931. Salen Ronald Colman y Myrna Loy. Pero el libro es mejor.



0 comentarios:

Publicar un comentario