miércoles, 5 de noviembre de 2014

Un micro abierto


Dejarse un micro abierto puede jugar malas pasadas. Que se lo digan a políticos, artistas o futbolistas. Un despiste, un error, las prisas, la confianza, la ignorancia. Son muchas las causas que pueden conducir a alguien a convertir un descuido en una catástrofe de diversa graduación. Desde el desliz pueril, pasando por el sonrojo de ser cazado pronunciando palabras malsonantes o el fallo garrafal sin vuelta atrás.

El anuncio de cierre de RTVV hace un año, fue como dejar un micro abierto. A mediodía de aquel martes 5 de noviembre de 2013 se conoció la sentencia de TSJCV que declaraba nulo el ERE aprobado en agosto de 2012 y que afectó a un millar de trabajadores. Por la tarde, el gobierno valenciano anunció a través de la edición digital del diario El Mundo, la decisión del president de la Generalitat, Alberto Fabra, de cerrar RTVV. A partir del primer informativo posterior a ese anuncio, alguien, por error, descuido, urgencia o ignorancia se dejó un micro abierto durante tres semanas.

Un micro abierto por el que se escucharon voces y contenidos que, para el Consell, incumplían "los principios y directrices de programación que permiten considerar que esa empresa esté prestando adecuadamente el servicio público de radio y televisión que tiene encomendado", según un requerimiento notarial hecho público recientemente. El micrófono abierto aceleró el final de RTVV en tres semanas fugaces. El Consell tuvo que buscar la manera de desconectarlo para impedir que siguieran propagándose las ondas que, con mayor o menor intensidad, moderación o coherencia, sorprendían a la audiencia. Como un remedo de aquella escena de rallye, parecía que los copilotos le dijeran al piloto, 'trata de apagarlo por Dios'. El gobierno valenciano se reunía de urgencia para intentar localizar el botón de off o el cable del cual estirar para parar aquello. Para pararlo y para incumplir una sentencia judicial.

Con el argumento salvador de que el cierre 'innegociable' de la radio y de la televisión autonómicas aseguraría la supervivencia de colegios y hospitales en la Comunitat Valenciana, el gobierno valenciano se comportó como los bomberos pirómanos de Fahrenheit 451. Los bomberos deben apagar fuegos, no encenderlos. Un año después de aquella resolución, el Consell ha reducido a cenizas el sector audiovisual autonómico, el derecho a la información y al servicio público o el acceso de los ciudadanos a su cultura y su lengua. Probablemente apabullados por el fuego, se apresuraron para desconectar el micro abierto por el que también se escuchaban voces que durante años habían tenido los micrófonos cerrados en RTVV, manifestaciones en las calles, propuestas sindicales para hacer viable la empresa y recursos judiciales. Para cortar aquel molesto acople de audio, el Consell modificó y elaboró leyes hechas a medida de la disciplina de voto para acabar convirtiendo a la Comunitat Valenciana en una especie de sociedad distópica como la de Ray Bradbury: aquel era un mundo sin libros y esto es un mundo sin imágenes, sin sonidos, sin voces. Nada más alejado de la utopía. El micro se desconectó el 29 de noviembre de 2013. A pesar de todas las garantías jurídicas y legislativas, la desconexión de aquella noche se pareció más a un chapucero tirón de cable que a una operación técnica profesional.

Un año después, el micro sigue cerrado para la información de servicio público, para la actualidad, para la cultura, para la economía, para la ciencia de la Comunitat Valenciana, silenciado para la lengua, mudo para las cosas que pasan y se dicen en sus ayuntamientos, en su parlamento o en sus terrenos deportivos. Un año después, aquellos que por acción u omisión tuvieron algo que ver con el tirón de cable, buscan alternativas para sustituir a RTVV y remediar el déficit de comunicación que, como escribió el corresponsal de este diario en la Comunitat Valenciana, Salva Enguix, provocó el llanto de los populares tras las elecciones europeas del pasado mes de mayo. Una tarea complicada mientras se encuentran atrapados en su propia trampa de haber cerrado el micrófono y de asistir a un derrame inmoral de dinero público para liquidar la empresa.

El micro está cerrado pero reverbera. Se percibe una ligera pero intensa permanencia de sonido a pesar de que la fuente original ya no emite. Suena a encuesta electoral, a disgusto social y a ruidosas recepciones al president de la Generalitat. Me pregunto si todo esto es materia de reflexión para Alberto Fabra. Si vuelve alguna vez la vista atrás hacia aquellos días de hace un año, si entonces sopesaba -y sospechaba- las consecuencias de aquella decisión, si como máxima autoridad política sabía hacia dónde se dirigía y por qué, si puede dejar de lado el argumentario para meditar sobre la intensidad de este sacrificio y si, al final, todo ha merecido la pena. Me pregunto si se plantea lo que Faber, el profesor de literatura, le propone a Montag, el bombero protagonista de Fahrenheit 451:

“Realice su propia labor salvadora, y si se ahoga, muera, por lo menos sabiendo que se dirigía a la playa”.


Post publicado en La Vanguardia Comunitat Valenciana, el 4 de noviembre de 2014.

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