miércoles, 10 de diciembre de 2014

La carta de Semaa y la cara de Malala

Una pediatra atiende a un bebé en Yemen.

Semaa Abdulwali tiene 20 años y estudia medicina en Sidney. No es la mujer de la foto pero algún día podría serlo. Semaa ha decidido usar el nicab en su vida diaria: en la calle, en la facultad, en casa... Y lo ha contado hace unos días en el espacio 'Comment is free' de la edición online de The Guardian. Un lugar en el que los lectores se convierten en columnistas de las cosas que les pasan. Su post ha generado más de 1.500 comentarios. El sueño de cualquier bloguero.  Semaa dice que el nicab le hace sentirse libre. Empieza explicando que siempre le gustó experimentar, pero que nunca se planteó que este velo, que cubre la totalidad del rostro y que forma parte del código de vestimenta islámico, sería una de sus experiencias personales. Asegura que lo pensó mucho, que reflexionó y que fue consciente de la opinión negativa generalizada de su entorno: en su universidad los estudiantes musulmanes son minoría y en su casa, sus padres no son 'los mayores fans' de su decisión. Pensaba que el nicab la desconectaría de su mundo, en sus 20 años nunca había visto a mujeres con nicab burca a pesar de formar parte de una familia musulmana. Pero empezó a usarlo y cuenta que todos sus miedos han desaparecido y que su vida no ha cambiado en absoluto. 


"El respeto y el honor no llegan por ser como los otros o por seguir a los otros, por eso me puse el nicab. Es mi manera de expresar obediencia a mi Señor, es una exigencia a la que me adhiero, a través de la cual encuentro mi honor. No es ropa de opresión, es ropa que representa una modestia eterna que no se aviene con la sociedad.


El nicab no es opresivo. Me siento liberada por el hecho de que yo decido lo que tú ves. Juzgamos a las personas por su aspecto antes de conocerlas. Cuando tratas conmigo, tratas con mi mente, mi personalidad, mis emociones y lo que tengo que ofrecer como persona. Y eso es todo".

En estos dos párrafos Semaa expone los motivos de su decisión y los argumentos que, seguramente, tiene que explicar a menudo. En su post en The Guardian contextualiza su caso personal en pleno debate sobre la prohibición del nicab y el burca en Australia. El parlamento australiano ha prohibido el acceso a sus instalaciones a las mujeres musulmanas con la totalidad del rostro cubierto. Un primer paso hacia una controvertida prohibición total que se discute entre apelaciones a la libertad religiosa, la seguridad nacional, el feminismo y la contradicción, según se lee en la prensa australiana, entre el hecho de que el gobierno apoye misiones internacionales contra el extremismo y la intolerancia y no luche contra estos males en su propio terreno.

"Prohibir el nicab o el burca me arrebataría el derecho a vivir mi vida de la manera que a mí me gusta y me conviene. Limita mi libertad y me coloca en una posición delicada en la que debo ser especialmente cauta con mi entorno. La violencia y el abuso contra las mujeres musulmanas se ha incrementado por culpa del alarmismo en esta cuestión. No me importan las leyes que se aprueben sobre el nicab, no impedirán que siga utilizándolo. No quiero que me controlen, ni que me digan lo que puedo o no puedo llevar. Eso es opresión."

Leída hasta la saciedad y traducida con fidelidad, no puede ofuscarme más la carta de Semaa. Tras un esfuerzo titánico de empatía no logro ponerme en sus zapatos. Y lo he intentado. Alabo su determinación, su valentía al tomar una decisión libre en un lugar sin presión ambiental. Pero su postura, firme y argumentada, sólo se me ocurre atribuirla a una reposada furia del converso. Excepto en Francia y en Bélgica, la mayoría de intentos de prohibición del velo integral islámico se han circunscrito al ámbito de eso que llaman dependencias oficiales: ayuntamientos, escuelas, centros de salud... Y siempre se queda ahí. Probablemente porque la línea entre la libertad asumida y la impuesta, es tan débil como cuestionable y además la calle es de todos.

Lo que más me ofusca de la carta de Semaa es haberla leído pocos días antes de saber que Malala Yousafzai es una de las galardonadas con el Premio Nobel de la Paz 2014. Quizás Semaa gane algún día el Premio Nobel de Medicina porque su nicab no le impedirá ser una estudiante brillante y una profesional competente. Es posible que con su post en The Guardian, otras jóvenes musulmanas decidan libremente utilizar un trozo de tela tejida con los hilos de la fe, la obediencia y la tradición o con fibras de desigualdad, sumisión e intolerancia. Depende. Me imagino una etiqueta en el nicab con estos últimos componentes junto a los símbolos de lavar con colores similares y no meter en la secadora.

Lo que está claro es que a Semaa no le veremos nunca la cara si gana el Nobel de medicina. Los pacientes no percibirán en su trato gestos de empatía, de apoyo, de ánimo. Si su carrera profesional converge con su causa, nadie podrá ver los efectos de una victoria, moral, personal o política. Malala recogerá en diciembre el Nobel de la paz a cara descubierta. Dará la cara. Esa cara a la que la intolerancia descerrajó una bala por nada. Contagiará paz con su mirada y su gesto transmitirá seguridad, lucha, respeto, dignidad. Y sonreirá. Semaa, si se da el caso, tendrá que escribir una carta. 



Post publicado el 13-10-2014 en La Vanguardia Comunidad Valenciana.

1 comentario:

  1. Totalmente de acuerdo contigo. Yo también intento entenderla, a Semaa y para ello intento compararla con el hábito de una monja pero, ¡ni por esas! Las monjas no se tapan la cara. Y la cara es el espejo del alma. Sí o sí. Besos.

    ResponderEliminar