lunes, 2 de mayo de 2016

Feliz No cumpleaños


Pues sí. Por aquí andamos de fiesta. De fiesta de cumpleaños. La primogénita cumple 10 años y este post debería estar dedicado íntegramente a ella. Pero he decidido darme un homenaje, un capricho, un momento de revisionismo de esta década prodigiosa y pródiga en episodios de toda clase y pelaje. Diez años que han pasado como un suspiro. Más que como un suspiro, como el tornado que se llevó a Dorothy de Kansas a Oz.

Diez años desde que un parto lo cambió todo. 3.650 días en los que, si hacemos la media, he pasado más tiempo pensando en poder dormir que durmiendo. Yo, que tenía en mi palmarés récords de horas de sueño que harían temblar a un anestesista. Diez años con muchos días en los que no sabía qué me hacía más falta: un abrazo, tres cafés, un gin tonic o 15 horas seguidas en la piltra. En los albores de la maternidad -sí, esto no ha hecho más que empezar- me doy cuenta de que, por ahora, sólo soy un coleccionista de rollos de papel higiénico para manualidades, una exterminadora de piojos, una experta en recalentar comida en el microondas, un desastre en el cálculo de las cantidades idóneas de fideos para dos platos de sopa, un drama humano de gran envergadura, la dejadez personificada con la plancha, una ogresa a partir de las 7 de la tarde y una zombie desde de las 7 de la mañana. Y poco más.

Una colocadora de lazos, un mal ejemplo de honestidad ('cuando le diga al señor de la taquilla que tienes 6 años, tú no digas nada'), inepta para la logística alimenticia y para los remiendos de bajos de pantalón, orillas de faldas y bolsillos desgarrados de baberos. Una ladrona de huchas, la que se acaba la Nutella, una experta en dosificar una lata de Fanta en partes exactamente iguales o, rizo el rizo, un Sugus en dos mitades idénticas. He perdido completamente el recato escuchando repasar la tabla del 5 o atendiendo un careo porque me ha pegado, me ha roto el dibujo o me ha llamado tonta, sentada en el váter. Les he dicho que la arruga es bella cuando han salido por la puerta con unos pantalones con tacto de papel de lija y una camiseta de manga larga que ha menguado a manga corta y les he soltado trolas épicas sobre las cosas más importantes de la vida. Censuro series de televisión, les recrimino ciertos gustos musicales y repruebo algunas de sus amistades. Todo ello, con elegancia y contundencia. La misma contundencia que me hace ser muy partidaria de darles razones de peso como esto se hace porque yo lo digo no y punto. Es evidente que la maternidad no me ha hecho mejor persona.

Todo apunta a que, en estos 10 años se ha agravado en mi persona el síndrome de menospreciar las propias virtudes, pero es que dudo que las tenga. Eso, o que no ha nacido coach, ni se ha escrito libro de autoayuda que me demuestre lo contrario. ¿Qué se puede esperar de la convivencia con estas dos fieras? Jamás se ha visto la ira, la furia y la cólera, ni siquiera en el más sanguinario de los capítulos del Antiguo Testamento, mejor que en los ojos de una cuando la otra ha apretado el botón del ascensor, pasando olímpicamente de un turno de pulsación absurdamente establecido por derecho consuetudinario. Cierran la puerta de casa con la fuerza de un tornado F5 pero son incapaces de cerrar un armario o la nevera. ¿Se puede medir el desgaste psicológico y físico de todo esto? ¿Un día tras otro y sin previsión de mejora?

Por eso hoy tenía que alejarme de reflexiones edulcoradas, de visiones complacientes y cursis sobre estos 10 años de maternidad y celebrar un No cumpleaños. Uno de los 364 que pienso festejar, con una cerveza diaria, aunque viva inmersa en una espiral de desesperación y risa floja. Han pasado diez años, sí, pero esto no ha hecho más que empezar y el camino se presenta complicado, escarpado y tortuoso. A falta de brújula y más perdida que Alicia, le haré caso al gato.

-¿Podrías decirme qué camino debo seguir?
-Eso depende en gran parte del sitio al que quieras llegar, dijo el gato.
-No me importa mucho el sitio, dijo Alicia.
- Entonces tampoco importa mucho el camino que tomes, dijo el gato.
- ... siempre que llegue a alguna parte, puntualizó Alicia.
-¡Oh, siempre llegarás a alguna parte -aseguró el gato- si caminas lo suficiente!

¡Andando!

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