miércoles, 11 de mayo de 2016

Antipáticos contra las faltas de ortografía


Lo han dicho unos investigadores de la Universidad de Michigan: las personas que están obsesionadas con las normas gramaticales son antipáticas. Para llegar a esta conclusión, el equipo científico hizo leer a 83 personas las contestaciones recibidas por correo electrónico sobre un anuncio de periódico para encontrar compañero de piso. Entre los mensajes que debían leer había ejemplos sin faltas de ortografía, otros con errores tipográficos y algunos con fallos gramaticales. Con su lectura, los participantes debían evaluar la idoneidad de los candidatos a compartir piso. Una evaluación que iba acompañada de un test de personalidad que puntuaba el nivel de agradabilidad de los 83 participantes. Bien. Permítanme que dude de la relación entre el tocino y la velocidad o, en este caso, entre las normas y la simpatía. Pero ya que estamos...

Los investigadores encontraron que, entre los 83, los más amables, extrovertidos y afectuosos, eran los que toleraban los errores, erratas y fallos gramaticales u ortotipográficos en los correos. Por el contrario, decían, 'los participantes menos agradables mostraron una mayor sensibilidad a las faltas de ortografía que los participantes más amables, quizás porque la gente menos agradable es menos tolerante' a la infracción de las normas. Abrumador.

Son malos tiempos para la gramática y la ortografía. Reconozco que a este este rincón cibernético le falta categoría literaria y catadura lingüística, pero una viene de la EGB y avanza con paso firme hacia la senectud. Conecten estas dos circunstancias y encontrarán a un ser intolerante, antipático y desagradable. No, no me sirve aquello de que 'como lo he escrito con mayúscula, da igual que no le haya puesto acento'. Los haber por 'a ver', los hubieron y los habían, me irritan, sí, pero hay otros fenómenos ortográficos, gramaticales y morfológicos que consiguen martirizarme.

Verbigracia.

Tengo tolerancia nula al uso enfermizo y artificioso de sufijos aumentativos en ciertas palabras, contextos y momentos: 'qué fotaza', 'es un fotón', 'vaya pintaza tiene'. Es maltrato lingüístico, un ultraje morfémico y una mamarrachada. Y en esta neojerga, tan habitual en redes sociales, foros digitales y demás antros de perdición, me gustaría pararme a realizar un análisis cutre y de escaso valor académico, pero cargado de hastío y manía, sobre otra palabra continuamente vejada: molón. Molón viene de molar, que significa gustar y que es una palabra caló, la variedad del romaní que hablan los gitanos de España, Francia y Portugal. Todo es molón, los eventos molones, los días molones, las amigas molonas, la vida es molona... añadan el símbolo de la almohadilla y tendrán un nuevo ejemplo de bobería lingüística.

Más.

¿Por qué la gente se despide en sus emails o conversaciones personales con expresiones como 'abrazo' o 'ganas de verte'? Omitir el sujeto en una frase no es una acción constitutiva de delito. Las frases nominales tienen derecho a la vida, pero por el amor de Antonio de Nebrija, pónganme un artículo, un articulito que apenas cabe en la mano y despídanse de mí con un abrazo, porque no sé si abrazo yo o abraza usted y, claro, luego resulto brusca y descortés. No estoy en contra de los neologismos, pero sí que abomino de la neocursilada y del cosmopaletismo, que dirían los de @PatiOrtográfico. El packaging, los afterworks, los workshops y los tips y los bruch me irritan. Y quizás todo se deba a que la  vejez se asocia a una pérdida de humor y a un deterioro del carácter, pero es que me lo ponen a huevo.

Para los investigadores de la Universidad de Michigan, 'el lenguaje juega un papel importante en los rasgos de la personalidad', pero no sólo se muestra al escribir un texto, sino también al leerlo y al extraer conclusiones de su lectura. ¿Y quién sale mal parado en esta conclusión? Aquella que considera Dios al DRAE y a FUNDÉU su profeta. Aquel que, bolígrafo rojo en ristre, no pasa ni una: Ni una coma mal ubicada, ni una tilde ausente por muy mayúscula que sea la letra, ni una palabra absurda engendrada en una noche de pasión y desenfreno publicitario o social mediático. Llámennos desabridos, antipáticos, ásperos, huraños, insociables o integristas. Antes solos, abandonados y sin compañero de piso que tolerar afrentas como estas.




1 comentario:

  1. Pues me ha encantado el post porque no puedo estar más de acuerdo!!! no me considero antipática y aunque seguramente se me escapa en alguna ocasión alguna falta, ¡¡¡todos somos humanos!!! intento no hacerlas, me gusta comentar en blogs y en post de cualquier índole aunque no tenga relación con mi blog, que es de maquillaje, pero aún así procuro no cometerlas, desde siempre me gustó la ortografía, creo que el escribir sin falta (a menos «gordas» dice mucho de una persona), tampoco me gusta el uso indiscriminado de palabars en inglés, pese a que el idioma aunque no lo hablo, lo estudiado algo y me gusta mucho, pero a cada uno... lo suyo.

    Saludos

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