domingo, 29 de mayo de 2016

Tres libros (1)

'Tres libros' sustituye a las grotescas 'Lecturas conectadas, libros amontonados' del insigne y pretencioso apartado del blog titulado 'Lectura única'. Dos tristes entradas que pretendían agrupar finos análisis sobre varios libros leídos por ésta que escribe. El tesón nunca ha sido una de mis virtudes y  en el segundo 'Lecturas conectadas, libros amontonados', me dí cuenta de que aquel ejemplo de vanidad y acumulación lectora no tenía futuro. Así que he decidido dar un giro bloguero a mi carrera de crítica literaria de medio pelo. Un giro hacia el minimalismo. Cejo en mi enconado empeño de escribir sobre libros con furor y desenfreno. Porque no es la cantidad, es la calidad y tres ya son multitud.

1. Tortilla Flat. John Steinbeck


Tortilla Flat es un poblado de cabañas situado en las colinas de Monterrey (California). Allí no ha llegado la luz y las carreteras no están asfaltadas porque estamos en los años 30 y porque en Tortilla Flat viven los 'paisanos' (en castellano en la obra original). Los 'paisanos' son mestizos y pobres, viven alejados de la costa y al margen del orden y la ley. El protagonista de la novela de John Steinbeck es un 'paisano' llamado Danny. Un pícaro sin oficio ni beneficio, que hereda dos casas de su abuelo y decide invitar a sus colegas a vivir con él, a compartir el mayor regalo que esta patulea de borrachines podía tener: un lugar donde guarecerse, reunirse, emborracharse y, en definitiva, caerse muertos.

"Esta es la historia de Danny, de sus amigos y de su casa. Es la historia de cómo las tres cosas llegaron a convertirse en una sola, de modo que si en Tortilla Flat uno habla de la casa de Danny no se refiere a una construcción de madera con una capa de vieja cal desconchada, cubierta por un antiguo rosal de Castilla sin podar. No, cuando hablamos de la casa de Danny se supone que nos referimos a una unidad cuyas partes componentes son hombres que despiden dulzura y júbilo, filantropía y, en último término, una tristeza mística. La casa no se diferencia de la Mesa Redonda, y los amigos de Danny son similares a sus caballeros".

Danny, Big Joe Portagee, Jesús María Corcoran, Pablo Sánchez, Pilón y El Pirata son pioneros del movimiento okupa, son borrachuzos, ladronzuelos, liantes, buscadores de fortunas, mentirosos, camaradas, marginados, indigentes, soñadores, pobres diablos acomodados en su caos natural de cogorzas y galones de whisky. También son sensibles y podríamos decir que, a pesar de su continuo estado de embriaguez -o quizás por eso- son buena gente. Claro que, si te imagina, te crea y te escribe Steinbeck, lo tienes todo para ser entrañable.

Las casas de Danny son un símbolo, la representación de la amistad y de la responsabilidad de ser un verdadero amigo. Pilón, un personaje, si cabe, más importante que le mismo Danny, reconoce e identifica este sentimiento en su amigo y percibe que “la responsabilidad de ser propietario se instalaba en la cara de Danny. Nunca más en la vida volvería aquella cara a estar libre de cualquier preocupación. Nunca más volvería Danny a romper ventanas, ahora que tenía ventanas propias para romper”.

Cada noche, a la luz de una vela y garrafa en mano la pandilla convierte la austera vivienda en un hogar feliz y el alcohol es la sustancia que facilita esta alquimia, esta relación mágica de compadreo en la que todo el grupo se conjura para rehuir -sin éxito- la mala vida, el peligro y la delincuencia. Y cada trago, cada garrafa tiene grabado un capítulo de la vida en la cabaña de Tortilla Flat.

"Por sus efectos anímicos, las jarras pueden graduarse así: justo debajo del cuello de la primera botella, conversación seria y concentrada. Dos dedos más abajo, recuerdos dulcemente tristes. Tres dedos más, memorias de antiguos y agradables amores. Un dedo más abajo, evocación de antiguos y amargos amores. Al llegar al culo de la primera jarra, una tristeza general e indirecta. Al trasegar el cuello de la segunda, negro, infernal desaliento. Dos dedos más abajo, una canción de muerte o añoranza".

Y así, sucesivamente, hasta la curda más épica y hasta la certeza de que la fragilidad de nuestra existencia.

"- No es bueno tener tantas cosas que puedan romperse –dijo-. Luego se rompen y se queda uno triste. Es mucho mejor no haberlas tenido nunca".

Brutal. Es que es Steinbeck.

2. Las brujas de Salem. Arthur Miller


Salem, Massachusetts, finales del siglo XVII. Salem es una pequeña aldea de colonos, granjeros, puritanos, reverendos, esclavas de Barbados y una exagerada población de brujas. Una pandilla de amigas, lideradas por Abigail Williams y su prima, Betty Parris, se van de botellón al río y se dedican a bailar y cantar ligeras de ropa y cofias. Fruto de esos excesos adolescentes, caen enfermas, pero lejos de conformarse con tos, mocos y malestar general, Abigail y sus compinches manifiestan extraños síntomas que van desde los impulsos irrefrenables de tirarse por una ventana, la inapetencia, episodios de ausencias y, lo que es más grave, un furor incontrolado por acusar a las mujeres de Salem -y a algún hombre- de practicar la brujería. Las brujas de Salem es una obra de teatro escrita por Arthur Miller. Cuatro actos que provocan ansiedad, temblor de piernas y adicción. Miller se inspiró en hechos reales y se sirvió de ellos para crear una alegoría de la caza de brujas del macartismo en los EEUU de los años 50.

"Nadie puede saber realmente cómo eran sus vidas. No tenían novelistas y aunque hubiese habido uno a mano, no hubieran permitido a nadie leer una novela".

Claro, eran malos tiempo para la novela y para cualquier clase de prosa. Una comunidad integrista, cerrada, reprimida y mojigata que explota en un delirio de rencores antiguos, histerias y alucinaciones, conspiraciones y contraconspiraciones satánicas. Conflictos por las tierras, tensiones sexuales no resueltas,  venganzas, recelos y envidias, ignorancia y represión. La persecución es el medio y el símbolo de toda la enajenación de Salem y de la paranoia del senador McCarthy.

"La 'caza de brujas' fue una perversa manifestación del pánico que se había adueñado de todas las clases cuando el equilibrio empezó a inclinarse hacia una mayor libertad individual".

Arthur Miller sufrió la persecución del macartismo, que no pretendía dar caza a las brujas, sino a los comunistas. Los comunistas eran el mal en los EEUU de la década de 1950 como lo eran las mujeres en el Salem de 1692: los colonos asumían que ellas, todas brujas, eran malignas, satánicas y culpables de todos las desgracias, de manera que ellos quedaban exonerados de cualquier responsabilidad. El enemigo está en casa y está identificado: es una bruja o un comunista y todos están bajo sospecha.

"Hay ruedas moviendo ruedas en este pueblo y fuegos nutriendo fuegos"

A Arthur Miller lo acusó Elia Kazan de ser comunista. A John Proctor, colono acomodado, casado con una imputada por brujería, lo acusa Abigail Williams, la impulsora del frenesí satánico. Proctor es un adúltero, ha engañado a su mujer, adivinen con quién. Exacto. Con Abigail. A dos pasos de la horca, Proctor confiesa su infidelidad y el tribunal le sugiere que sería de mucha ayuda para él confesar también sus relaciones con el maligno, los crímenes que ha cometido presuntamente y, de paso, delatar a cuantos más herejes, mejor. Pero frente la posibilidad de deshonrar su nombre, John Proctor prefiere morir a mentir.

"¡Porque es mi nombre! ¡Porque no puedo tener otro en mi vida! ¡Porque miento y firmo mentiras con mi nombre! ¡Porque no valgo ni la tierra que hay en los pies de quienes cuelgan ahorcados! ¿Cómo puedo vivir sin mi nombre? ¡Os he dado mi alma; dejadme mi nombre!"

Arthur Miller fue condenado por desacato al Congreso por negarse a delatar, ante la Comisión de Actividades Antiamericanas, a los miembros de un círculo literario sospechoso. Le retiraron el pasaporte y no pudo salir de los EEUU para asistir al estreno de Las brujas de Salem en Bruselas. Le quitaron el nombre durante unos meses hasta que se anuló aquella sentencia por desacato.

3. Más dura será la caída. Budd Schulberg


Más dura será la caída huele a sudor, a tabaco y a linimento. Imagino que el linimento huele a algo parecido al Reflex. Suena a pisadas en la lona, a golpes, a gritos del público y a saxofón. Se ve en blanco y negro, con humo. Y no se lee, se bebe. Su autor es Budd Schulberg, el gran Budd, un príncipe de Hollywood, guionista, escritor, articulista deportivo y delator de comunistas. Como Elia Kazan.

Es una historia de boxeo y periodismo. La historia de un periodista, Eddie Willis, reconvertido en jefe de prensa a las órdenes de un manager y promotor pugilístico llamado Nick Latka. Eddie se queda sin trabajo en un revista de deportes y acepta la oferta de Latka para crear, de la nada, una figura del boxeo y promocionarla, a pesar de su ineptitud como púgil. Un boxeador argentino llamado Toro Moreno, cuya virtud más destacada es una estatura colosal, se convertirá, a base de notas de prensa, recepciones a periodistas, artículos pagados y publicidad, en una estrella.

"Llamas aparte a ese Acosta y que te cuente la historia... eso de cómo descubrió a su protegido y todo cuanto esté relacionado con el asunto. Luego nos reuniremos todos y trazaremos nuestros planes. Quiero que se empiece la campaña de prensa el miércoles por la mañana. Los primos abrirán entonces el periódico y, en un tanto así (hizo castañetear los dedos), habrá surgido un nuevo aspirante al campeonato"

En esta historia negra, de arrabal y supervivencia, de corrupción que deja en cueros al deporte y al periodismo, todos los personajes destacan. Eddie, el periodista parado y reconvertido en jefe de prensa; Latka el promotor sin escrúpulos, antiguo delincuente, nuevo rico, obsesionado con la posición, con el gusto, con clase ('¡Clase! En el vocabulario de Nick no había palabra que con ella pudiera compararse para expresar alabanza');  Toro Molina, el Gigante de los Andes, dos metros de carne con guantes de boxeo, víctima de los negocios sucios en el cuadrilátero y una lista entrañable de boxeadores y exboxeadores: jubilados por los golpes, convertidos en mozos en los servicios de restaurantes, ciegos, lisiados, actores del teatro de los combates amañados ("... que han besado tantas veces la lona que, en vez de rodillas tienen bisagras"), borrachos, abandonados a su suerte ("Creo que deberían obtener ingresos suficientes para colgar los guantes antes de que empiecen a hablar solos")... Todos seres insignificantes, en venta, despilfarrando su prestigio y conscientes, cada uno en su campo, del mundo en el que andan metidos: enterrados vivos en ese pacto de amaños y mentiras del que querrían salir como el muerto prematuro de Edgar Allan Poe: sepultados boca abajo y rascando  la tierra. Imposible escapar.

Jamás he visto un combate de boxeo, pero es curioso cómo el vocabulario, las imágenes, los tópicos de este deporte, generan atracción. Jamás he visto un combate de boxeo y no sé la diferencia entre un peso gallo, pluma, pesado o wélter, pero vería una vez al mes Million dollar baby, Toro Salvaje y a Humphrey Bogart liando a periodistas deportivos para promocionar a Toro Molina. Tiene algo el boxeo que no tendrá nunca el fútbol (creo) y que tiene que ver con la pobreza, la lucha, la fuerza y la dignidad.

"También he visto a un padre sentado en un rincón, sin abrir los labios, dejando a un hijo sangrar como un puerco durante los 10 asaltos, y luego, cuando terminada la pelea se acercaba al hijo, coger la desfigurada cara entre las manos y gritar desaforadamente angustiado. Había cosas inexplicables, y en su misma dureza inconsciente, sensibilidad también"

El periodismo, el otro contrincante entre las 12 cuerdas de esta novela, también tiene cosas inexplicables, pero no tienen ninguna sensibilidad.

"La de cosas que es capaz de escribir uno para poder pagar el alquiler y mantenerse bien provisto de whisky! ¡La de cosas que es capaz de hacer un hombre en América por cien dólares a la semana!

K.O. Esta, ya es otra historia.

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