jueves, 18 de agosto de 2016

Casi todas las historias sobre Heredarás el viento

En 1925, John Scopes, un profesor de instituto en Dayton (Tennessee) fue procesado por leer un capítulo de El origen de las especies, de Charles Darwin, a sus estudiantes. En 1955, Jerome Lawrence y Robert E. Lee escribieron una obra de teatro en la que contaron la historia del Juicio de Scopes o Juicio del mono, uno de los episodios más espectaculares de la jurisprudencia norteamericana. Un predicador fanático lleva a los tribunales a un joven profesor de biología, Bertram Cates (John Scopes), detenido por explicar en clase la teoría de la evolución. Cates ha violado la ley del Estado de Tennessee, concretamente la Butler Act, una norma que declara ilegal en cualquier establecimiento educativo negar la creación divina del hombre tal y como recoge la Biblia. Las contrapuestas teorías del darwinismo y el creacionismo son los polos opuestos que enfrentan en el escenario –como cuentan los periódicos que pasó en el juicio real- y en una explosiva batalla dialéctica, al abogado defensor Henry Drummond (Clarence Darrow) y al líder ultraconservador y abogado de la acusación, Matthew Harrison Brady (William Jennings Bryan). El juicio, el de verdad, tuvo una enorme trascendencia social, se convirtió en una batalla titánica entre abogados y en un espectáculo mediático, ya que la defensa de Scopes/Cates fue financiada por un gran periódico y seguida por un afamado periodista. Y todo esto lo contaron Lawrence y Lee en una deliciosa pieza en tres actos y 60 páginas.



Del juicio a la obra de teatro, de la obra al cine, del cine a varias versiones en televisión, la historia de Heredarás el viento es una historia sobre las ideas, la libertad, la educación, las creencias, la ciencia, el respeto, el progreso. Temas de hoy y de siempre que no se quedan antiguos ni reducidos a la anécdota creacionista. 


‘El pensamiento humano es sagrado para mí. En la facultad de un niño para aprender la tabla de multiplicar hay más santidad que en todos los amén, las jaculatorias y hosannas vociferados. Una idea es un monumento mayor que una catedral. Y el progreso del saber humano es más milagroso que el hecho de que los palos se conviertan en culebras o las aguas se separen. ¿Pero vamos a detener el progreso humano porque el señor Brady nos asuste con una fábula? Señores, el progreso nunca ha sido un artículo de liquidación. Se paga caro’

Habla Drummond, el defensor del profesor de biología. Para él las ideas marcan el progreso de la especie humana. Todas las ideas pueden expresarse, incluso las que defiende el acusador en nombre de los que impiden que las conclusiones científicas de Darwin formen parte del temario escolar.


‘Estoy tratando de demostrar, usía, que Howard o el coronel Brady o Carlos Darwin o cualquier persona presente en esta sala, o usted mismo, señor juez, tiene derecho a pensar’ 

‘La Biblia es un libro. Un buen libro. Pero no es el único libro’

Drummond es el héroe y acaba dejando desnudo y sin Biblia con la que tapar sus incertezas a Brady, su antiguo amigo y contrincante en la sala. Porque Brady, a pesar de ser el abogado del sectarismo, tiene dudas y las demuestra cuando el pastor Brown condena a arder en las llamas del infierno a su propia hija por ser amiga del profesor Cates.


 ‘Reverendo Brown, sé que el enorme celo de su fe lo induce a pronunciar esa plegaria. Pero puede caerse en un exceso de celo, destruyendo lo que uno mismo desea salvar y no dejando nada más que el vacío. Acordaos de la sabiduría de Salomón en el Libro de los Proverbios: “El que turbe su casa, heredará el viento”

Lawrence y  Lee usaron esta cita bíblica como metáfora de de la censura y del control del pensamiento durante los años del macartismo, pero no me dirán que no vale igual para un roto que para un descosido, porque vale igual para un candidato electoral apocalíptico rubio platino, que para cualquiera que aliente el odio y tuitee sin respeto ni medida sobre la opinión y el sentir del prójimo. Vale para el adoctrinamiento desde el púlpito, el almimbar o el atril de debate electoral. 




Herederás el viento tiene unas cuantas historias más. La de la película de Spencer Tracy, el actor favorito de la abuela a la que no conocí. La que enlazo en las próximas líneas y que recomiendo para que disfruten con el duelo de dos actores metidos a abogados, para que reconozcan a un sublime bailarín convertido en reportero,  al marido de una bruja rubia en la piel del profesor procesado o al coronel Potter de MASH con toga.  Y todos a las órdenes del director de ¿Vencedores o vencidos? y Adivina quién viene esta nochePinchen aquí y disfruten.



Más historias. La de la búsqueda incasable tras la que conseguí encontrar un ejemplar de la obra de teatro. Día tras día, los dependientes de las librerías de Valencia me repetían, clavando su pupila en la pantalla del ordenador, "¿seguro que se llama Heredarás el viento? Me sale un Heredarás la tierra”. El ejemplar apareció en la librería Gulliver de Madrid (Calle León, 32), una librería de segunda mano a la que entramos mi prima Niva y yo 5 minutos antes de que cerraran. El papel de mi prima es importante en esta historia. Sin ella y con mi ausencia de sentido de la orientación, jamás hubiera llegado a la librería.

- "Lo tengo. Ahora te lo saco", dijo la librera.

Háganse cargo de mi emoción y de mi felicidad sin límite al salir de la librería y apoyarme en la pared de la calle para contemplar mi libro, mientras la librera cerraba con llave su local. Tapas de color ocre con una ilustración de discutible calidad técnica que reproduce la figura de un primate humanoide o humano simiesco. Una edición argentina de 1957, las páginas de manera endeble por el lomo, una solapa medio rota, manchas y olor a humedad y Héctor Alterio en el cuadro de reparto de la obra con motivo de su estreno en Buenos Aires en el año 1955. Y una firma en la portadilla.




Una firma garabateada con tinta azul y un número -¿un año?, ¿1965?- que, seguramente, también guardan muchas historias. 

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