jueves, 22 de septiembre de 2016

Leer en el metro

El chico del polo naranja y el reloj verde lee El camino de Kerouac.

La chica de los auriculares enormes escucha música mientras lee unos apuntes sobre el materialismo histórico.

Otra chica mueve los labios mientras lee la Constitución Española. Tiene el pelo muy rubio y lleva un vestido verde anís.

Una señora lee un libro que tendrá por lo menos 800 páginas. No puedo saber qué lee porque las tapas están forradas con papel de periódico.

Sí puedo saber qué lee un chico muy alto que tengo delante. Vamos de pie. Me asomo por su hombro y me cuesta un segundo averiguar el título de ese libro impreso en tinta verde y granate. Inconfundible.


Hay más personas en el metro que, como la señora del libro forrado, impiden satisfacer mi curiosidad por saber qué libro están leyendo. Son los que leen libros electrónicos y los que forran los libros con papel o con fundas. Siempre fisgoneo para ver si puedo ver qué leen.

Leer en el metro, dentro de un vagón, con el tren en marcha, te obliga a desarrollar ciertas destrezas físicas. Leer de pie, mientras resistes arranques y frenazos rodeando una barra vertical con el mismo brazo de la mano con que sostienes el libro. Es necesario dejar  un brazo libre para mantener el equilibro, prevenir caídas y pasar páginas. Si el tren está tan lleno que no puedes acceder al barrote vertical, es deseable que la genética te haya dotado de una longitud de brazo suficiente para alcanzar las barras horizontales superiores del vagón. Se recomienda cogerse del barrote con la mano contraria a la de uso habitual, sujetar el libro con la susodicha, apretar el bolso contra el torso, sostener el marca páginas entre los dientes y que sea lo que tenga que ser. Aprovecha las paradas o la estabilidad de la marcha para pasar la página. Esto nunca debe hacerse cuando el conductor arranca y mucho menos cuando frena y para en una estación.

En el caso de haber tenido la suerte de sentarte en un asiento, desarrollarás otro tipo de habilidades mientras lees. Algunas de ellas no son precisamente  de alabar, porque te encontrarás cediendo el asiento, únicamente y a regañadientes, a ancianos con bastón y embarazadas a punto de salir de cuentas.  Un episodio típico de lectura en el metro es el despiste de parada. Dicen que pasa. No puedo corroborarlo. Tengo medido el tiempo y la velocidad de lectura: Ángel Guimerà-Colón, dos paradas, máximo tres páginas.

El colmo de los colmos de aprovechar los viajes en metro para leer no lo encontramos dentro del tren. Es fuera, en andenes y escaleras mecánicas, donde se sublima esta práctica hasta niveles que están más cerca de virguería -o del sonambulismo- que de la simple afición lectora. Leer andando por un apeadero entre decenas de usuarios del transporte público a las 8:50 de la mañana o leer subiendo o bajando por esas escaleras sin sufrir un atrapamiento o un trompazo, son auténticas hazañas que la edad y la torpeza me impiden alcanzar.

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