martes, 13 de septiembre de 2016

Sobre el amor propio y el paro


Nunca me ha interesado el amor propio. Lo tenía asociado al orgullo, a la arrogancia, a la egolatría, a profesar un afecto excesivo por un mismo, a gustarse y exhibirse, a vivir instalado en el yo y en la desmesura de lo propio, de los éxitos reales o imaginarios, de la imagen auténtica o proyectada. Harta de oír el clásico 'es que no te valoras', acabé creyendo que no tenía amor propio. El amor propio era para coaches y para líderes de la 'nueva política'. Una insolencia.

Antes de leer a Joan Didion pensaba que el amor propio era otra cosa. Leí el artículo 'Sobre el amor propio' publicado en Los que sueñan el sueño dorado cuando estaba en el paro, lo he releído muchas veces ahora que tengo cerca a tantas personas en el paro y sigo entendiendo el amor propio como otra cosa. El amor propio es algo íntimo, silencioso, caliente y familiar. También es doloroso y despiadado. El amor propio es Bocazas recuperando su moneda en Los Goonies, la suya, la de nadie más, la que lanzó al pozo de los deseos y jamás le fue devuelta en forma de sueño cumplido.


 ...la inocencia se termina cuando a uno le roban la ilusión de que se cae bien a sí mismo.

Hay muchos caminos que llevan al paro, muchas maneras de vivir esta circunstancia, pero la que conozco genera esta sensación. La pérdida de la inocencia o de la inconsciencia, la sensación de haber sido empujado de un tren en marcha, caer rodando por una ladera, como en las películas, y levantarse aturdido, haraposo y perplejo. Una mezcla de desconcierto y decepción que abre la puerta a una realidad incómoda: no vas a volver a subir al vagón del que te echó un ERE o el final de un contrato.

Perdí la convicción de que todos los semáforos se me iban a poner en verde, esa agradable certidumbre de que las virtudes más bien pasivas que me habían granjeado la aprobación general durante mi infancia no sólo me garantizaban de forma automática las llaves de Phi Beta Kappa, sino también la felicidad, el honor y el amor de un hombre bueno; perdí cierta fe conmovedora en el poder totémico de las buenas maneras, del pelo limpio y de mis elevada puntuaciones en la escala Stanford-Binet de inteligencia.

Joan Didion llega a esta conclusión tras ser rechazado su ingreso en una hermandad universitaria. Ella, que siempre había destacado, que siempre había sacado buenas notas, que hasta ese momento se había deslizado fácilmente por la vida sin contratiempos ni obstáculos dignos de mención, recibía un varapalo. La prueba de que la suerte se acaba y de que nada está escrito, la evidencia de que lo que parecía eterno era sólo una tendencia. De nada ha servido todo lo que pensabas que hacías bien y ronda por tu cabeza una sombra de culpa: ¿quizás hice algo mal? ¿Qué pasó para que cambiaran las agujas hacía una vía inesperada? ¿Y si hubiera estudiado otra cosa? Al principio sabes que la culpa no es tuya, que es de la reforma laboral, de la burbuja inmobiliaria o del delirio de un político mediocre. Pero pasan los meses, los 'Dardes' y las candidaturas rechazadas en portales de empleo, y el significado de amor propio admite acepciones y sinónimos que no se parecen en nada a las de tu diccionario de antes del paro.

A pesar de la mayoría de nuestro lugares comunes, el autoengaño sigue siendo el engaño más difícil de vencer. Los trucos que funcionan con los demás, no sirven de nada en ese callejón trasero bien iluminado donde uno tiene las citas consigo mismo.

Y es en ese callejón trasero al que no acudías nunca cuando no estabas en el paro, ese lugar que probablemente no sabías ni que existía, es justo allí donde te descubres acurrucada en un ovillo de amor propio. El amor propio es un poco como mi madre, te apoya, te sostiene, te ayuda, siempre está ahí, pero nunca te regala los oídos. No es su estilo. Con ella y con él no sirven los trucos, las excusas ni las fotos en Instagram. A ellos es casi imposible engañarles.

Lo más desolador es que el amor propio no tiene nada que ver con la aprobación de los demás, a quienes, a fin de cuentas, no cuesta mucho engañar; y tampoco tiene nada que ver con la reputación que, como le dijo Rhett Butler a Scarlett O'Hara, es algo que la gente con coraje no necesita.

El falso amor propio busca el beneplácito de los demás. El auténtico amor propio es demasiado íntimo, tan reservado y solitario que sólo necesita la aprobación de una persona entre los 7.000 millones y medio de habitantes del planeta: uno mismo. El falso amor propio busca notoriedad. El verdadero amor propio, en el paro, sólo busca un trabajo.

Vivir sin amor propio es pasarte la noche en vela, sin que te pueda ayudar ni la leche caliente ni el fenorbital ni la mano que descansa sobre la colcha, contando tus pecados por acción y por omisión, las confianzas traicionadas, las promesas sutilmente rotas y los dones irrevocablemente desperdiciados por pereza o cobardía o dejadez.

Hay algo peor que la introspección nocturna habitual del insomnio en el paro. La introspección nocturna del domingo por la noche. El domingo por la noche es el peor momento de la semana cuando estás en el paro. Es el cul de sac del callejón trasero cuando ya se han apagado las luces. Ese momento en el que no hay nada, sólo la certeza de que en pocas horas pasarás una nueva página de la agenda sin nada que apuntar. Otro lunes igual que todos los lunes y los martes y los miércoles... otro día de miedo sin brújula, otro día de carga y agobio, de incertidumbre, de búsqueda estéril, de currículums, cartas de presentación y cursos de formación.

Existe la extendida superstición de que el 'amor propio' es una especie de encantamiento contra las serpientes, algo que mantiene a quienes lo poseen encerrados en un Edén inmaculado, lejos de las camas de los desconocidos, de las conversaciones ambivalentes y de los problemas en general. No es así en absoluto. No tiene nada que ver con el aspecto de las cosas, sino con una paz distinta, un tipo de reconciliación privada.

El amor propio -nótese que el título original del artículo es On self-respect-  tiene que ver con el respeto, uno de los trofeos más difíciles de conseguir y más fáciles de perder. El respeto es una llave que afloja los conflictos y estar en el paro genera muchos conflictos con uno mismo. El camino hacia la reconciliación, hacia la resolución del conflicto, no es fácil:  porque no hay antídoto para la incertidumbre ni nombre para lo que sientes y temes. Estar en el paro cuando superas los 40 años -probablemente como cualquier otra experiencia traumática- te vuelve vulnerable en el conflicto.

... liberarnos de las expectativas ajenas y devolvernos a nuestras propias manos: en ello consiste el enorme y singular poder del amor propio. Sin él, uno termina por descubrir la última vuelta de tuerca: que uno se ha escapado para encontrarse a sí mismo y ahora se encuentra la casa vacía. 

Sin amor propio en aquellos meses eternos en el paro hubiera vivido en una casa vacía. Buscarme allí dentro sin amor propio, sin que me sacudieran de los hombros, sin enfrentarme a la pérdida de la inocencia y de la fe en los semáforos en verde y sin admitir que es normal no gustarse,  hubiera sido como seguir creyendo en las monedas de Bocazas.

PD.
Gracias a todos los que me habéis hecho ver que sí que tengo amor propio.


3 comentarios:

  1. Sobrecogedor. Sincero. Punzante. La verdadera realidad que se vive entre las bambalinas del teatro de nuestras vidas.
    Además de amor propio, que me alegra no lo perdieras y ahora estés de vuelta inmersa en la rueda que ayuda a no perderlo, tienes un gran don para transmitir emociones.

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    1. Muchas gracias por leerlo y muchas gracias por tus palabras.

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  2. Impresionante, siempre aprendo algo cuando te leo.

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