domingo, 23 de octubre de 2016

Besos, selfies y los últimos sin Internet



Dentro de unos años, pongamos unos veinte, los de mi quinta protagonizaremos un hito relevante relacionado con Internet. No, millennials, no. En esta ocasión, no seréis vosotros.  Seremos los nacidos antes de 1985, los últimos en recordar cómo era la vida sin Internet. Nacimos y crecimos en un mundo diferente al de nuestros padres y abuelos y distinto al que tendrán los hijos de esta generación. Y lo que te rondaré. No es mi intención ponerme nostálgica por la cándida adolescencia, por el vhs, los walkman y las tardes de bocadillos de nocilla. Tampoco voy a ponerme digna contando cómo era hablar con tus amigas o con tu novio por teléfono, cuando ese teléfono estaba fijo en el salón o en la cocina de tu casa.  Seremos los últimos en recordar todo eso y mucho más: los últimos en saber que solo llevaba tilde cuando se puede sustituir por solamente, los últimos en buscar palabras y definiciones en un diccionario (Internet anulará algún día la capacidad de pensar en orden alfabético. Al tiempo) y los últimos en saber realmente qué es la ausencia. Los últimos en saber, de verdad, qué es no estar.

Michael Harris es el autor del libro The end of absence. Es un periodista canadiense que trabajaba como editor en una revista. Cuenta que pasaba horas conectado a todas las pantallas habidas y por haber, enganchado a llamadas, correos, whastapps, redes sociales, contenidos buscados o recomendados, clics, menciones, me gusta y toda la variedad de interacciones 2.0 que uno pueda imaginar. Harto de todo, decidió hacer un experimento de ayuno digital cuyas conclusiones ha plasmado en este libro y en las que reclama todo lo que hemos perdido en un mundo de conexión pertinaz. La pérdida más irreparable es la ausencia. Algo así como la naturalidad ante una respuesta telefónica en vías de extinción:

- ¿Hola, está María?
- No, no está. Vuelve a llamar.

En esta reflexión de cuarentona cascarrabias, destaco el hecho de que ni los milénicos,  ni las dos criaturas que traje al mundo, serán capaces de imaginar, de valorar, la diferencia entre un mundo con momentos de nada, de ausencia y otro de conexión permanente. No sabrán qué es no estar.

Y el ejemplo que más me inquieta, el que más me descoloca, el que mejor describe el desconocimiento absoluto de la ausencia, es el de una pareja besándose e inmortalilzando ese momento con un selfie compartido en las redes sociales. Jamás me he hecho un selfie, me parece lo más distópico de la vida digital, lo más solitario y, en mi caso, lo menos favorecedor estéticamente. Quedo fatal en los selfies. Dice Susan Sontag en Sobre la fotografía que 'las fotografías alteran y amplían nuestras nociones de lo que merece la pena mirar y de lo que tenemos derecho a observar'. Un beso autorretratado, el artificio de un brazo estirado para enfocar, la fingida naturalidad en un gesto bello e íntimo, altera la noción de la importancia de un beso. Un beso, 'un acento invisible sobre el verbo amar, un secreto que confunde la boca con las orejas, un instante infinito', como diría Cyrano de Bergerac. Un instante infinito de ausencia y de nada y de todo. Un momento para no estar.

Así que, por justicia poética, por no sufrir la apnea del correo electrónico, por la añoranza de la vida antes de Google o por evitar consultas al traumatólogo por dolores del codo del selfie, aquí va un brindis por la ausencia.

Foto Flickr.

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