martes, 31 de enero de 2017

La ley del menor. Ian McEwan

Fiona Maye es juez de familia del Tribunal Superior del Reino Unido. Los últimos años de su exitosa carrera profesional son una lista interminable de casos de divorcios traumáticos, disputas sobre la educación de los hijos, dilemas éticos, médicos y religiosos y situaciones extremas de frágil equilibrio entre lo razonable y lo legal. Fiona se sienta en una chaislongue cada noche para repasar documentación y redactar sentencias contundentes con una redacción exquisita. Su señoría lleva más de treinta años casada con Jack, un profesor de historia a las puertas de los sesenta, que le hace llegar sus intenciones de gastar el «último cartucho» manteniendo una relación con Melanie, una joven especialista en estadística de veintiocho años. En casa del herrero, Fiona se enfrenta a su primer debate en esta novela de Ian McEwan, a una situación similar a la de los protagonistas de los casos que pasan por su tribunal, a cambiar la cerradura de casa para que Jack no pueda entrar, condenada a la «intrascendencia especial que envuelve a una mujer de edad», sin hijos, con una carrera brillante y un marido que la acusa de abandono sentimental y sexual.

«Y se preguntó de nuevo, si lo que había perdido no era el amor, sino más bien una forma moderna de respetabilidad, si lo que tenía no era el desprecio y el ostracismo, como en las novelas de Flaubert y Tolstoi sobre la compasión. Ser objeto de la compasión general era también una forma de muerte social. El siglo XIX estaba más cerca de lo que pensaban la mayoría de las mujeres. Podría haber telefoneado a alguna de sus tres amigas, pero le pareció intolerable la idea de explicar su situación y hacerla irreversiblemente real».


Es solo uno de los debates a los que se enfrenta Fiona. Paralelamente a su debacle matrimonial, la juez Maye debe ver el caso de Adam, un adolescente, testigo de Jehová al que, tres meses antes de alcanzar la mayoría de edad legal, le detectan una leucemia. El joven asume su destino negándose a recibir la transfusión de sangre que le puede salvar la vida. Es un caso médico, jurídico y moral. Ella está acostumbrada a la convivencia complicada entre la libertad individual y la legalidad, en este caso, sobre la defensa de la vida. Ya ha juzgado el caso de unos padres ultracatólicos que no querían separar a sus hijas siamesas ante la certeza de que una de las dos moriría en la operación. O el de un padre judío jaredí que solicita que la juez retire la custodia de sus hijas a la madre que ha decidido estudiar y trabajar.


Pero el caso de Adam supera a Fiona. Una visita al hospital, una larga conversación sobre música y poesía con el «muchacho más dulce del mundo», muy maduro para su edad, muy consciente para formar parte de un entorno tan cerrado y fundamentalista. Fiona, que tiene «un concepto rígido de lo convencionalmente correcto», asume el caso de Adam como algo íntimo, demasiado personal. Su sentencia es fría, pero las consecuencias son casi tan devastadoras como las que provoca la situación con su marido.


«No ha sido fácil resolver este asunto. He tenido muy presente la edad de A, el respeto que debemos a su fe y la dignidad del individuo que reclama su derecho a rechazar un tratamiento. A mi juicio, su vida es más preciosa que su dignidad». 

Ian McEwan nos habla de una mujer brillante ante dos situaciones límite, y lo hace bien. Cuando escribe sobre su vida personal, su mal trago matrimonial, los sentimientos de una mujer madura. Los casos médicos están muy bien documentados y el relato final de un concierto es tan técnico y emocionante como una partitura y su interpretación. No es, para mí, lo mejor de Ian McEwan, no es El inocente ni es Expiación, pero me gusta Fiona. Es lo que más me gusta de La ley del menor.

La ley del menor es un libro triste. Supongo que los tribunales de menores son lugares tristes. Lugares en los que, muchas veces, los padres se enfrentan ante sus hijos en una «pelea por sus almas». Detrás puede estar el desamor, el dinero o la fe, en un terreno en el que a Fiona no le compete «salvar, sino decidir lo que es razonable y legal».



La ley del menor. Ian McEwan. Traducción de Jaime Zulaika. Anagrama. Barcelona, 2015. 211 páginas. 

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